Conocí a su ex mujer y casi me pongo verde de envidia rabiosa.

Conoció a su ex mujer y casi se puso verde de envidia
Oleg cerró la puerta de la nevera con fuerza, haciendo que las botellas del interior se agitaran y uno de los imanes cayera al suelo con un ruido sordo.

Lena estaba enfrente, pálida, con los puños fuertemente apretados.

– ¿Se siente mejor? – Ella exhaló, levantando la barbilla bruscamente.

– Estoy harto de ti -la voz de Oleg se entrecortó, aunque intentó hablar con calma-. – ¿Es esto siquiera una vida? Sin emoción, sin perspectiva.

– ¿Otra vez es culpa mía? – Lena sonrió con amargura. – Desde luego, no todo es como en tus sueños.

Oleg quería decir algo, pero hizo un gesto con la mano. Abrió una botella de agua mineral, bebió un sorbo directamente del cuello y la puso ruidosamente sobre la mesa.

– Oleg, no te calles -le temblaba la voz-. – Di una vez sin rodeos, ¿qué pasa?

– ¿Qué hay que decir? – arrugó la nariz. – Como si… ¿qué vas a entender? Estoy harto de esto. Al diablo.

Se miraron en silencio. Lena respiró hondo y entró en el baño. Oleg se hundió pesadamente en el sofá. Detrás de la puerta se oía el ruido del agua: Lena debía de haber abierto el grifo para ahogar sus lágrimas.

Pero no le importó.

La vida que se convirtió en una rutina
Hace tres años que se casaron. Vivían en el piso de Lena, heredado de sus padres. Éstos, tras jubilarse, se mudaron fuera de la ciudad y cedieron el piso a su hija. El piso era espacioso, pero anticuado: muebles del pasado soviético, papel pintado desconchado, linóleo desgastado.

Al principio, Oleg estaba contento: el centro de la ciudad, un barrio decente, un corto paseo hasta el trabajo. Pero con el tiempo todo esto empezó a molestarle. Lena se sentía cómoda en su “fortaleza familiar”, y Oleg sentía que se asfixiaba en esta “época congelada”.

– Len, dime la verdad, – empezó la conversación más de una vez. – ¿No quieres renovar este piso? Me gustaría

Lena cogió en silencio la bolsa de basura y salió del piso. La puerta dio un fuerte portazo.

Oleg esperaba que ella volviera e intentara retenerlo, pero Lena regresó con calma.

– Probablemente sea mejor que viváis separados -dijo-. – Mudaros.

– Sí, ¿así puedes llevar la casa tú solo? – Oleg se enfadó. – No voy a dejar mi propia casa.

– Oleg, esta no es tu casa -sonrió Lena-. – Es el piso de mis padres.

Al cabo de unas semanas siguió mudándose con sus padres.

Y unos meses después se divorciaron oficialmente.

El encuentro que lo cambió todo
Pasaron tres años.

Oleg vivía con sus padres, prometiéndose a sí mismo que “esto es temporal”, que “pronto alquilaría un piso y establecería una vida”. Pero no funcionó. El trabajo no aportaba suficientes ingresos, las nuevas relaciones no iban bien, y los padres insinuaban cada vez con más frecuencia que ya no era un chico para sentarse a su cuello.

Una tarde de primavera, de camino a casa, pasó por delante de una pequeña y acogedora cafetería. Dentro ardían luces tenues y sonaba música agradable.

Estaba a punto de entrar, pero de repente se quedó inmóvil.

En la puerta del café estaba Lena.

Pero no era la Lena con la que vivió una vez.

Delante de él había una mujer segura de sí misma, con el pelo elegante, un abrigo con estilo y las llaves del coche en la mano. Parecía tranquila, bien peinada, incluso feliz.

– ¿Lena? – No pudo evitarlo.

Se dio la vuelta. Y al cabo de un segundo le reconoció.

– Hola, Oleg, – dijo con calma.

– Hola… Estás… estupendo.

– Gracias, – sonrió ella. – Ahora vivo como en

Articles Connexes