Zinaida iba a casar a su única hija. No había muchos invitados: unas treinta y cinco personas, en su mayoría parientes y amigos del novio.
Larissa, radiante de felicidad, parecía una auténtica reina de la velada. Para Zina, su repentino matrimonio a los diecinueve años fue una sorpresa: había esperado que primero su hija obtuviera un diploma y luego pensara en una familia. Pero Larissa, que estaba en segundo curso, y su elegido, Slava, que se graduaba en el instituto, decidieron: que la boda fuera y punto. Slava pensaba que era deshonroso vivir sin un sello en el pasaporte.
El ex marido de Zinaida, padre de Larisa, ignoró la invitación a la boda. Sólo envió dinero, y gracias por ello. Hacía cinco años que había abandonado la familia y sólo mantenía relaciones formales con su hija a través de la pensión alimenticia.
La fiesta transcurrió como de costumbre: el maestro de ceremonias encendió hábilmente al público, todo el mundo estaba de buen humor. Sólo una cosa distraía a Zina: una pariente lejana del novio no le quitaba los ojos de encima. Joven, insolente, siempre la seguía con la mirada. Estaba enfadada: ¿qué impertinencia?
Cuando sonó el vals -una rareza en las bodas de hoy- Zina, que adoraba este baile, sin pensárselo dos veces entró en el círculo. La pareja era el mismo joven. Y bailaba magníficamente. Dieron vueltas como en una película antigua, y todos los ojos de la sala se fijaron en ellos. Zina, delgada, con un vestido esmeralda, el pelo claro y los ojos brillantes, parecía más una dama de honor que su madre.
– ¿Dónde has aprendido a bailar así? – preguntó después del baile. – Bailes de salón -sonrió-. – Pero contigo todo es fácil, ¡eres la mejor pareja!
Se llamaba Anton. Durante el resto de la velada no le soltó la mano. Bailaba sólo con ella, captaba cada sonrisa.
– Y qué, – pensó Zina, – dejemos que al menos hoy nos demos un capricho: ¿cuándo más tendremos una oportunidad?
Después de la boda Larissa se mudó con su marido, y Zina volvió a la vida normal. Y cuál fue su sorpresa cuando un par de días después Anton se la encontró en el trabajo con un enorme ramo de flores.
– ¿Qué haces aquí? – estaba confusa. – Mis compañeros se reirán de mí mañana.
– Tenía muchas ganas de verte -respondió él con seriedad. – Tengo dos años