Antes de casarnos, tenía una buena relación con los padres de mi marido, Daniel. No perfecta, por supuesto, pero sí bastante cordial. En aquella época, mi marido vivía con ellos, y como yo le visitaba a menudo, tenía que comunicarme a menudo con mi futura suegra y mi suegro. No teníamos peleas graves, podíamos discutir sobre qué ver, pero en esas situaciones me ponía de parte de mi suegra para evitar conflictos serios. Todo iba bien… hasta la boda. Después de la celebración, fuimos a su casa, nos sentamos a la mesa y enseguida me dieron de comer tanto que no me cabía un trozo de pan en la garganta. Mi suegro también añadió que tenía que comer más y más sano.
Al principio me lo tomé a broma, pero luego dejó de hacerme gracia. Un mes después, mi suegra me dijo con cara de felicidad que me había redondeado, aunque no había engordado ni un gramo. Unas semanas más tarde, me enteré de que estaba embarazada. Estaba muy contenta, se lo dije a mi marido, pero le pedí que no se lo dijera a mis padres para darles una sorpresa más tarde. Por aquel entonces, acabábamos de mudarnos a nuestro apartamento. Los padres de mi marido empezaron a venir a vernos cada vez más a menudo y a preguntarme por mi salud. Pensé que Danya les había contado a sus padres nuestro secreto, y le interrogué, pero me dijo que sus padres sólo estaban preocupados por la salud de su nuera, es decir, por mí, y que no había nada extraño en ello. Cuando Danya lo desclasificó todo, mi vida se convirtió en un infierno.
Mi suegro me convenció de que comiera más y dejara mi trabajo para que no me cansara, y mi suegra venía a verme cada vez que yo