Era la tercera vez que Vasili Serguéievich oía sonar el teléfono desde su bolsillo. Finalmente soltó a sus subordinadas, el personal de la colonia femenina, y descolgó rápidamente el auricular.
– ¿Diga?
Al principio se hizo el silencio, y luego llegó la voz irritada del tutor de su hijo.
– Vasili Serguéievich, ¡no es la primera vez que te llamo!
Al instante vaciló, dándose cuenta de su culpabilidad.
– Lo siento, Ilona Danilovna, tuve una reunión, no pude contestar. ¿Ha pasado algo?
– Claro que pasó, pero no es nada grave. Kostik tiene fiebre. Es sólo un resfriado, pero no puede quedarse en el grupo para no contagiar a los otros niños. Tienes que venir y llevártelo a casa ahora mismo. Lleva una hora en la consulta médica.
– Ilona Danilovna, verás, yo también estoy en el trabajo, no puedo meterme así…
– Ya no es mi problema, Vasili Sergeyevich. Si no sientes lástima por tu hijo, que se sienta solo en la oficina, entonces, por el amor de Dios -replicó Ilona Danilovna con una firmeza que a veces se convertía en grosería.
Sus padres se lo perdonaban, porque con los niños era muy diferente: cariñosa, suave, como una madre y mentora para todos. Los niños adoraban a la joven educadora, en casa comentaban constantemente lo que Ilona Davídovna decía o elogiaba. Amistosos, inteligentes, educados, sus alumnos eran como una familia para ella.
Vasili Serguéievich, poniéndose apresuradamente la chaqueta, salió corriendo del despacho y gritó a Rita:
– Voy al jardín a buscar a Kostya. Está enfermo. No lo llevaré al trabajo, lo arreglaré y te llamaré.
Ni siquiera oyó lo que Rita le dijo, se limitó a suspirar mentalmente, dándose cuenta de que siempre hacía todo a la carrera, como venía haciendo desde la muerte de Tamara. Parecía que no paraba, como si tuviera miedo,