La chica no le prestó atención en absoluto. Sus brillantes ojos verdes miraban hacia otro lado. Hacia donde estaban sus padres.
Su madre estaba envuelta en un abrigo largo y desabrochado, con sombras negras bajo los ojos en su rostro privado de sueño. De vez en cuando, se frotaba las manos con nerviosismo y se mordía el labio, mirando a su hija con aprensión. Al otro lado, ligeramente encorvado, estaba el padre. Miró a Anya con una sonrisa, ladeando ligeramente la cabeza. Parecía que, dijera lo que dijera, él aceptaría cualquier decisión que ella tomara.
– Sólo tú decides, Anechka… ¿Mamá o papá?
Los ojos de la niña de trece años se desviaron de su padre a su madre. Parecía a punto de llorar. De pronto, su padre asintió y Anya se estremeció convulsivamente. Luego suspiró y cerró los ojos un segundo.
– Papá -susurró.
La madre gritó y corrió hacia su hija, pero el abogado la retuvo. Ella lloró y se defendió con las manos, pero la niña se dio la vuelta y caminó hacia su padre.
– Bien hecho, hija -sonrió el padre tras el encuentro-. – Lo has hecho todo bien.
– Sí, papá -asintió la niña y respiró hondo. Vio a su madre que venía de la otra salida de la sala. Estaba apoyada en el hombro del abogado y se estremecía entre sollozos…..
…
– ¿Dónde estabas? No me di cuenta, – Valeriy abrió la puerta de su hija de un tirón. Anya estaba en el umbral, agarrando frenéticamente el asa de su bolso. Miró a su padre, incapaz de decir nada. – Te dije que llegaras a las seis. ¿Has mirado el reloj?
La mirada de la niña se desvió hacia el reloj que había detrás de su padre. Las siete y catorce minutos. Se dio cuenta de que llegaba tarde.
– Ve a tu habitación inmediatamente. No tendrás teléfono en un mes, ni televisión en quince días. Revisaré el diario también. Granuja…
Anya asintió, metió la cabeza entre los hombros y se metió en su habitación. No era que no hubiera cerradura, no había puerta en la habitación. Se cambió rápidamente, colgando toda su ropa en un perchero, alineando las cosas perfectamente, como sobre una regla. A papá no le gustaba el desorden.
La niña se puso un vestido largo de lunares y se sentó en la cama, recorriendo la habitación con la mirada. Paredes vacías,