Se fue. Mientras yo estaba en el hospital.
Elena se sentó en la cama, envuelta en su camisa de hospital, y miró por la ventana de plástico, a través de la cual se perfilaba lentamente el contorno de un día de marzo. Fuera de la ventana, el cielo era gris y, en algún lugar lejano, los árboles desnudos crujían débilmente. Su hija dormía plácidamente en la camilla transparente a su lado, diminuta, frágil, como una estatuilla de porcelana. Suspiraba en sueños, haciendo ruidos raros como ronroneos de gato, y los cabellos oscuros de su cabeza le recordaban a Oleg.
Oleg… No había venido. Ni cuando estaba en la sala de maternidad ni ahora que su hija ya había venido al mundo. La última vez que habían hablado fue hacía dos días, cuando Elena había sido hospitalizada. La conversación telefónica fue breve. Sus palabras, “Llámame cuando todo haya terminado”, sonaron frías, distantes, sin una sola emoción. Ninguna pregunta sobre cómo se sentía, ningún atisbo de implicación o preocupación.
– ¿Dónde está el padre del bebé? ¿Está ayudando? – volvió a preguntar la joven enfermera de cara redonda y amable que se acercaba a la camilla para llevar al bebé a una revisión rutinaria.
– Se ha ido -respondió Elena, esbozando una sonrisa-. – Por negocios.
La enfermera asintió, no sorprendida por la respuesta. Tal vez esas historias fueran habituales aquí. Las mujeres daban a luz, los maridos desaparecían, la vida seguía.
Cuando llegó la hora de abandonar el hospital dos días después, Elena tomó el ascensor con sus pertenencias y el bebé en brazos. Una enfermera la recibió abajo y la acompañó en silencio hasta la salida. Antes de salir, la mujer preguntó si habría alguien para recoger a Elena, ¿quizá llamar a un taxi? Pero Elena se negó. El coche se había pedido con antelación. Sentada en el banco de la entrada con su hija envuelta en un sobre rosa con orejas blancas, sintió una extraña sensación de desapego. Como si todo lo que estaba ocurriendo no fuera su vida, sino la película de otra persona, en la que ella no era más que una espectadora que miraba desde la barrera.
El conductor era un hombre silencioso de unos cuarenta años. De su espejo colgaba un ambientador barato con forma de sandía. Me ayudó a cargar mis cosas, arrancó el motor y el coche se puso en marcha. Al otro lado de la ventanilla pasaban los edificios grises de cinco plantas del barrio de los dormitorios, idénticos, como hechos a copia. Sus ventanas vacías parecían observadores indiferentes de su vida.
Cuando abrió la puerta del piso, nada le pareció extraño durante los primeros segundos. El bolso resbaló de su hombro y cayó al suelo, el cochecito crujió suavemente sobre el parqué y Elena gritó:
– ¿Oleg?
Silencio. Incluso la nevera estaba en silencio, como si alguien la hubiera desenchufado.
El piso estaba vacío. No se dio cuenta de golpe, sino poco a poco, como una ola que le alcanza en aguas poco profundas. Su chaqueta no estaba en el perchero. En el cuarto de baño, la brocha de afeitar y la espuma habían desaparecido. En el salón, no estaba la televisión. En la cocina, ni la tetera, ni el microondas, ni siquiera su taza favorita con el logotipo del fútbol.
Helena se hundió en el borde del sofá -el único mueble que quedaba- y se quedó mirando la cocina vacía. Un velo cubrió sus ojos, pero no lloró. Se quedó allí sentada, mirando fijamente al frente.
Media hora después, se recompuso, sacó el teléfono y le envió un mensaje. Una palabra: “¿Te has ido?”. La respuesta llegó casi al instante: “Lo siento, es lo mejor. Me lo he llevado todo. El piso no está a tu nombre, pero las cosas son mías. Espero que puedas arreglártelas”.
Las horas siguientes pasaron como un borrón. Elena envolvió a su hija, la puso en la cuna, se sentó contra la pared del pasillo y se quedó mirando las baldosas del suelo. Luego se levantó, cerró la puerta y abrochó la cadena, como si eso fuera a protegerla de lo que ya había ocurrido.
Sonó el timbre. Elena se sobresaltó, pero enseguida oyó una voz familiar, alta, un poco cascabelera:
– ¿Lenochka? Soy yo, Tamara Ivanovna, tu vecina. He oído que has tenido un bebé. Te felicito.
Tamara Ivanovna vivía en el rellano de enfrente. Una vieja profesora de trabajo a la que le gustaba tejer chales y colgarlos en el radiador de la entrada. Cuando Elena abrió la puerta, su vecina ya le estaba entregando un paquete con un paño y una lata.
– Toma, he hecho una compota. Y una tela escocesa. Es viejo, pero abriga. Lo tejió mi madre -dijo, entrando como si tuviera derecho a hacerlo.
Elena no se opuso. Por primera vez en las últimas veinticuatro horas se sentía mejor. Tamara Ivanovna puso con cuidado el plaid en el sofá, examinó a la niña y de pronto dijo:
– Mi marido también hizo una travesura así. Desapareció después de mi cesárea. Yo estaba en el hospital y él se fue a la peluquería. Pero no pasa nada. Vivo, respiro, incluso cuido a mis nietos. Lo superarás. Lo principal es que no pienses que es culpa tuya. Hay más gente como él de la que crees.
Más tarde, cuando la tarde cubría lentamente de oscuridad las ventanas, Elena se sentó en el alféizar con el bebé en brazos y miró por las ventanas de las casas vecinas. En algún lugar, una mujer estaba poniendo la mesa. En algún lugar, un hombre en camiseta sacaba la basura. En algún sitio había niños jugando en el suelo. Miró y pensó: ¿por qué no la suya? ¿Por qué a otra persona le tocaba vivir y a ella este párrafo de la pesadilla de otra persona?
Pronto llegó la hora de cambiar el pañal. Se levantó, entró en la habitación y, por primera vez, aún con el abrigo puesto, se tumbó junto a su hija. Como si percibiera su ansiedad, se abrazó con fuerza a su hija.