Tenía solo seis años cuando mi mundo se puso patas arriba.
Mis padres, que alguna vez estuvieron llenos de promesas y sueños para nuestra pequeña familia, empezaron a desmoronarse.

Luchaban con sus propios demonios: mi padre con su problema de alcoholismo, y mi madre abrumada por el peso de intentar arreglar todo lo que estaba roto.
No pasó mucho tiempo antes de que ambos cayeran en patrones de negligencia, perdidos en sus propias batallas.
Entonces, mis abuelos intervinieron y me acogieron cuando mis padres ya no podían cuidarme.
Recuerdo ese día con tanta claridad: me dejaron en la casa de mi abuela, aferrada a mi osito de peluche desgastado, sin saber lo que estaba pasando pero sintiendo el cambio en el aire.
Mi abuela, a quien siempre había visto como la personificación de la bondad y la paciencia, de repente se convirtió en mi cuidadora principal.
Para ella, esto no era algo nuevo.
Ya había criado a mi madre y siempre había sido el pilar de apoyo para toda la familia.
Durante años, nunca entendí realmente por qué las cosas tenían que ser así.
Mis amigos aún tenían a sus padres para arroparlos por la noche, para ayudarles con la tarea, para ser sus guías.
Yo, en cambio, tenía a mi abuela, que hacía todas esas cosas también, pero con una gracia silenciosa que no pude apreciar del todo en ese momento.
Nunca me pregunté por qué mis padres no estaban allí; simplemente lo acepté como mi realidad.
La casa de mi abuela se convirtió en mi santuario, llena del aroma de galletas recién horneadas y del sonido de su suave tarareo mientras trabajaba en la casa.