El ranchero solitario esperó a su novia por correo y una mujer el doble de grande que él venía…

Emy Tesloan había imaginado a su futura esposa muchas veces durante los meses de espera. En su mente aparecía como una mujer pequeña, delicada, con manos suaves que podrían cuidar el jardín y con una voz tierna capaz de llenar el silencio de su solitario rancho.

Ese era el cuadro que había pintado a partir de las cartas que recibía hasta que el día llegó. El carruaje se detuvo frente a su propiedad. Cuando el polvo de las ruedas se disipó, Emit quedó sin aliento. La mujer que bajaba no se parecía en nada a aquella que él había construido en su imaginación. Wila Blan se erguía imponente, más de 1,8 m de altura, hombros más anchos que la mayoría de los hombres del pueblo y unas manos grandes y firmes que parecían hechas más para sostener un arado que una taza de té. En el bolsillo de Emit, el anillo de madera que había tallado con paciencia

parecía ahora un mal chiste. Y aquel anuncio que había publicado en el periódico territorial Honesto Ranchero busca compañera amable para la vida en la frontera. Debe valorar las cosas simples y las noches tranquilas.

Parecía escrito por un hombre ingenuo, ajeno a lo que la vida estaba a punto de poner en su camino. Habían pasado tres meses desde que lo envió, con las manos temblando por la incertidumbre. Solo recibió una respuesta y fue de ella. Las cartas de Wila estaban llenas de una honestidad que lo había cautivado. Hablaba de soledad, de la necesidad de compañía, decenas compartidas y largas conversaciones.

Nada, en esas palabras anticipaba que ella tendría una presencia física tan descomunal que hacía que Emitviera que alzar la vista para encontrar sus ojos. Fletcher Nox, el comerciante encargado de traerla, bajó del asiento del conductor con un nerviosismo evidente. Miraba alternativamente a Emit, pálido y con los ojos muy abiertos, y a la mujer que por primera vez parecía dudar de sí misma, porque Wila también lo observaba con sorpresa.

Aquel ranchero era mucho más pequeño y delgado de lo que ella había imaginado. El silencio fue incómodo, prolongado, como si todos hubieran olvidado sus líneas en una obra de teatro improvisada. Los vecinos que habían acudido por curiosidad no ayudaban en nada. Cuchicheos, risas contenidas y hasta un niño que llegó a señalar con descaro antes de que su madre le bajara el brazo.

Emit sintió que el calor de sus mejillas no venía del sol, sino de la vergüenza. Finalmente, Will rompió el silencio. Su voz era grave, más profunda de lo que él había anticipado, pero sorprendentemente amable. “Usted debe ser Emit.” Alargó la mano y cuando él con vacilación se la estrechó, la suya quedó completamente cubierta.

Su apretón fue firme, pero lo bastante cuidadoso como para que él notara que era consciente de su propia fuerza. Entonces añadió, “Con calma, pero sin adornos. Supongo que deberíamos hablar.” Aquella frase no era una declaración de seguridad, sino la evidencia de que en la mente de ambos empezaban a surgir dudas.

El comerciante Fletcher Nox, consciente de la tensión que flotaba en el aire, se apresuró a bajar el pesado baúl de Huila del carruaje. Era grande, sólido y daba a entender que esa mujer no había llegado con la ligereza de alguien que planea volver pronto. Fletcher se movía rápido, como si buscara escapar de la incomodidad que él mismo había ayudado a crear al organizar ese encuentro.

Emit, mientras tanto, luchaba contra la sensación de que todo aquello era un espectáculo público que había salido terriblemente mal. Podía sentir las miradas de los vecinos quemándole la espalda. La señora Henderson susurraba algo al oído de su esposo mientras lo miraba con ojos críticos. El joven Tommy Morrison, incapaz de contenerse, señalaba descaradamente a Wila hasta que su madre lo reprendía con un tirón de brazo.

El rancho, que siempre había sido un lugar tranquilo y apartado, de pronto parecía un escenario donde todos observaban como su vida personal se desmoronaba. Wila también parecía sentirse expuesta. Aunque mantenía la espalda recta y la mirada firme, había en sus ojos una chispa de inseguridad. como si por primera vez su tamaño y fuerza fueran un obstáculo en lugar de una ventaja.

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