Su padre la entregó a un ermitaño de las montañas como castigo por su embarazo, y él la trató como a nadie más. Anya estaba en la terraza, temblando de miedo y frío. Solo tenía diecisiete años. Abajo, en la puerta, su padre, con los puños apretados, le decía con voz severa: «Has deshonrado a la familia. Es culpa tuya. Ve a vivir con él ahora». Asintió con la cabeza a una figura que estaba un poco más lejos. Un hombre alto, con un viejo jersey gris y una espesa barba, levantó silenciosamente la mirada tranquila hacia Anya. Era un ermitaño de las montañas sobre el que circulaban todo tipo de rumores en el pueblo: algunos decían que había sido militar, otros que había huido del mundo tras una tragedia. El padre empujó a su hija en su dirección, se dio la vuelta y se marchó sin siquiera mirar atrás. La casa del ermitaño estaba en la ladera de la montaña, rodeada de abetos y nieve. El camino hasta allí era largo y silencioso. Anya tenía miedo, no sabía lo que le esperaba. Pero cuando entraron, el hombre solo dijo: «Quítate la ropa…».
Anya se quedó paralizada en el umbral, apretando con los dedos la correa de su bolso. Su corazón latía tan fuerte que parecía que él estaba a punto de oírlo.
El hombre estaba de pie en la puerta, con el sombrero quitado, esperando. Su mirada era directa, pero no penetrante.
—Oye… —comenzó ella, pero las palabras se le atragantaron en la garganta.
—Quítate la ropa —repitió él, y solo entonces Anya se dio cuenta de que la habitación olía a madera fresca y hierbas, y que en la esquina crepitaba la chimenea—. Aquí hace calor, no estarás mojada mucho tiempo.
Ella se quitó lentamente el abrigo y la bufanda, y se desabrochó las botas. El hombre tomó en silencio las prendas y las colgó con cuidado en un gancho junto a la estufa.
«Vamos», dijo, señalando con la cabeza hacia la cocina.
Anya lo siguió. La mesa estaba sencilla: cuencos de madera, tazas, pan caliente en un plato. Él le sirvió té de una gran tetera de cerámica.
—Come —dijo lacónicamente.
Ella se sentó, pero sus manos aún temblaban.
—Tú… —lo miró—. ¿Estás enfadado?
Él frunció el ceño. —No. ¿Crees que te han traído aquí en una jaula?
—¿No es así? —Anya sonrió con amargura—. Mi padre dijo… que yo… —Las palabras se le volvieron a atascar.
—Sé lo que dijo —la interrumpió el hombre—. Pero eso no me importa mucho. Aquí solo eres una persona más.
Esas palabras la sorprendieron más que nada.
—Me llamo Stepan —añadió tras una breve pausa—. ¿Y tú?
—Anya.
—Bueno, Anya… —miró por la ventana, donde la nieve daba vueltas—. Viviremos así: yo me mantendré alejado de ti y tú te mantendrás alejada de mí. Los dos trabajamos. No podemos sobrevivir aquí sin trabajo. ¿Lo entiendes?
Ella asintió con la cabeza.
Los primeros días fueron los más difíciles. La casa de Stepan era espaciosa, pero fría, y había que encender la estufa a menudo. Él la despertaba temprano por la mañana y le daba tareas: traer agua del pozo, cortar leña, barrer la nieve del porche.
Él casi no hablaba. Pero a veces, cuando tomaban té por la noche, le contaba cosas sobre las montañas: cómo los lobos se acercaban en invierno, cómo las bandadas de aves migratorias llegaban allí en primavera.
Anya escuchaba y se daba cuenta de que esperaba esas conversaciones.
En la tercera semana, se despertó en mitad de la noche con dolor de estómago. Hacía mucho que no comía bien, desde que estaba en el pueblo. Stepan oyó sus gemidos, entró en la habitación y se sentó en el borde de la cama.
—¿Te duele mucho?
Ella asintió con la cabeza, presionándose el estómago.
—El té de menta y la leche caliente te ayudarán.
Diez minutos más tarde, regresó con una taza, la ayudó a sentarse y la sostuvo mientras bebía. Sus manos eran cálidas y fuertes.
—No deberían dejarte así —dijo en voz baja, casi entre dientes.
El invierno fue largo. Anya aprendió a cocinar de una forma nueva: sopas de setas secas, panes planos en la estufa, infusiones de hierbas. Stepan le enseñó a caminar por la nieve para no hundirse, a determinar el tiempo por el viento.
A veces se iba varios días a la montaña para recoger leña o revisar las trampas. Regresaba cansado y con la mochila llena de carne o frutos del bosque.
Un día trajo un gatito gris.
—Lo encontré en la antigua mina. Cuídenlo.
El gatito se convirtió en el pequeño amigo de Anya. Ella lo llamó Pepel.
En primavera, la nieve comenzó a derretirse y bajo la ventana se oían el murmullo de los arroyos. Anya notó que Stepan había empezado a bromear más, de forma severa, como un hombre, pero con calidez. A veces la miraba fijamente cuando ella estaba ocupada en el patio.
«Estás cambiando», le dijo una vez. «Ya no eres esa chica asustada que llegó aquí».
«Y yo… ya no sé quién era entonces», respondió ella.
Cuando llegó el momento de dar a luz, Stepan no se apartó de ella. Él mismo asistió al parto, con seguridad, sin pánico. La casa estaba caliente, la chimenea encendida, y Pepel dormía tranquilamente en la estantería.
Anya solo recordaba su voz:
—Respira… más… así… Muy bien.
Al amanecer, tenía en sus brazos un pequeño bultito caliente. Una niña.
Stepan las miró y dijo:
—Vivan. Ahora las dos están aquí, en casa.
El verano trajo a las montañas el aroma de las hierbas, el calor y nuevas fuerzas. Anya ya no se sentía castigada. Se había convertido en parte de ese lugar, y Stepan, en parte de su vida.
Un día, sentada junto al fuego, le preguntó:
—¿Por qué aceptaste acogerme?
Él guardó silencio durante un largo rato, mirando las llamas.
—Porque una vez también me acogieron a mí. Y entonces nadie sintió lástima.
Ella no dijo nada, pero le apretó la mano.
En el pueblo corrían diferentes rumores: algunos decían que Anya se había vuelto loca por irse a vivir a las montañas, otros que ahora era la esposa de un ermitaño. Pero a Anya ya no le importaba. Aquí, entre los abetos y el viento, había encontrado lo que no tenía en casa: respeto, cariño y tranquilidad.
Y en los ojos de su pequeña hija no se reflejaba un castigo, sino el comienzo de una nueva vida.
Parte 2. El verano que lo cambió todo
El verano en la montaña siempre llegaba de repente. Hace una semana, la nieve yacía a la sombra de los abetos, y ahora la tierra respiraba calor y la hierba crecía tan rápido que parecía que se oía cómo crecía.
Anya estaba junto al pozo llenando cubos. A su lado, en una cesta, dormía su hija, ya fuerte, regordeta y de ojos claros. Llamaron a la niña Mariana. Stepan había propuesto ese nombre y Anya aceptó de inmediato: sonaba suave, como una nana.
«No vuelvas a cerrar la tapa», se oyó una voz suave detrás de mí.
Anya se dio la vuelta. Stepan estaba de pie con un hacha, acababa de regresar del bosque. Del hombro le colgaba un haz trenzado de ramas frescas, como si hubiera encontrado algo para una decocción o un baño.
«No tardaré mucho», se disculpó ella.
«No mucho tiempo es justo el tiempo que necesita un ratón para caer allí», murmuró él, pero en sus ojos brilló una sonrisa.
La vida se volvió mesurada.