“Vamos a llevarte a casa.” La mujer tenía el uniforme de piloto empapado y manchado de sangre, con heridas en la frente que le habían cambiado el rostro. Sus ojos, llenos de confusión y miedo, buscaban respuestas que no llegaban. “¿Cómo te llamas?”, preguntó Sofía con voz suave, tomando la mano temblorosa de la desconocida.

No, no lo sé”, susurró la mujer cerrando los ojos con dolor. “Todo está oscuro.” Tres horas antes, Diego Morales había estado cerrando su taller mecánico en Villa Esperanza, un pueblito perdido en las montañas de Colombia. La tormenta había llegado sin avisar, como siempre pasaba en esa zona. A los 35 años, Diego ya conocía bien estos cambios del clima.

Lo que no esperaba era que esa noche su vida cambiaría para siempre. “Papá, tengo miedo”, había dicho Sofía desde la puerta del taller con su mochila del colegio colgando del hombro. “Ya vamos a casa, princesa. Solo déjame asegurar estas herramientas.” Diego trabajaba día y noche para mantener a flote el negocio.

Desde que María había muerto en ese accidente hace 3 años, él se había convertido en padre y madre para Sofía. No era fácil, pero lo hacía con amor. El taller era su única fuente de ingresos y cada peso contaba. Mientras manejaba de regreso a casa bajo la lluvia torrencial, Diego vio algo extraño en las colinas. Un resplandor naranja cortaba la oscuridad de la noche.

“¿Qué es eso, papá?”, preguntó Sofía siguiendo su mirada. “Parece que hay fuego allá arriba.” Diego frenó el viejo Jeep y se quedó pensando. “Podía seguir a casa. donde estarían secos y seguros o podía ir a ver si alguien necesitaba ayuda. María siempre le había dicho que él tenía un corazón demasiado grande para su propio bien. Vamos a echar un vistazo, pero te quedas en el carro. Está bien.

El camino hacia las colinas era difícil. Las llantas del jeep resbalaban en el lodo y Diego tuvo que usar toda su experiencia para no quedarse atascado. Cuando llegaron al lugar del resplandor, no podía creer lo que veía. Los restos de un helicóptero pequeño estaban esparcidos entre los árboles. El fuego ya se estaba apagando con la lluvia, pero el humo todavía salía de los pedazos de metal retorcido.

“Dios mío”, murmuró Diego bajándose del jeep. “Sofía, quédate aquí. No te muevas.” “Pero papá, no discutas”. Diego corrió hacia los restos buscando sobrevivientes. El helicóptero había sido bonito, de esos caros que solo tienen los ricos, pero ahora era chatarra humeante. Entonces la vio. Una mujer estaba atrapada debajo de una parte del fuselaje, inconsciente, pero respirando. Diego no lo pensó dos veces.

Usó toda su fuerza para mover los pedazos de metal y liberarla. La mujer era joven, tal vez de su edad. Llevaba un uniforme de piloto elegante, nada que ver con la ropa de trabajo que él conocía. Sus manos eran suaves, sin las callosidades de alguien que trabaja con herramientas.

En la muñeca tenía un reloj que probablemente costaba más de lo que Diego ganaba en un año. “Señora, ¿me puede oír?”, le preguntó, pero ella no respondía. Diego la cargó hasta el jeep, donde Sofía esperaba con los ojos muy abiertos. “¿Está muerta, papá?” No, pero está herida. Tenemos que llevarla al hospital.

Pero cuando Diego intentó arrancar el jeep para bajar de la colina, se dio cuenta de que la tormenta había empeorado. Los caminos estaban inundados y las líneas telefónicas seguramente estaban caídas. No había manera de llegar al hospital esa noche. Vamos a casa decidió. La cuidaremos allí hasta que pase la tormenta. En su pequeña casa, Diego acomodó a la mujer desconocida en el cuarto de huéspedes que había sido de María. Sofía lo ayudó a limpiar las heridas y a ponerle vendas.

La mujer tenía un golpe fuerte en la cabeza y varios rasguños, pero nada que pareciera mortal. Durante dos días, la mujer estuvo inconsciente. Diego faltó al trabajo para cuidarla, algo que no se podía permitir, pero que sentía que tenía que hacer. Sofía se quedaba junto a la cama hablándole a la desconocida como si fuera una amiga. El tercer día, la mujer abrió los ojos.

¿Dónde estoy?, preguntó con voz ronca. En mi casa, respondió Diego. Tuviste un accidente. Te encontré en los restos de un helicóptero. La mujer se incorporó lentamente tocándose la cabeza vendada. No recuerdo nada. ¿Quién soy? Diego y Sofía se miraron. La mujer parecía realmente confundida, perdida. “¿Cómo te llamas?”, preguntó Sofía con curiosidad.

“No, no lo sé.” La mujer cerró los ojos como si tratara de encontrar algo en su mente. “Todo está en blanco. Necesitas un nombre”, dijo Sofía con la sabiduría de sus 8 años. “¿Qué te parece, Ana?” La mujer sonrió por primera vez. Una sonrisa que iluminó toda la habitación. “Ana me gusta.

” Esa noche, mientras Ana dormía en el cuarto de huéspedes, Diego vio las noticias en su televisor viejo. El reportero hablaba de la desaparición de Esperanza Villamizar, heredera de uno de los imperios agrícolas más grandes de Colombia. Su helicóptero había desaparecido durante un vuelo de negocios. Diego miró la foto que mostraban en la pantalla.

La mujer se veía diferente, más arreglada, con maquillaje y el pelo perfecto, pero había algo familiar en esos ojos. Apagó el televisor y se fue a dormir. Por ahora, Ana era solo Ana, una mujer que necesitaba ayuda y que por alguna razón había traído una luz nueva a su casa, que había estado muy oscura desde la muerte de María. “Ana, ¿me puedes ayudar con la tarea de matemáticas?”, preguntó Sofía sentándose en la mesa de la cocina con sus libros.

Claro, mi amor”, respondió Ana secándose las manos con el delantal que había encontrado en la cocina. “A ver, ¿qué problema tienes?” Diego observaba desde la entrada, todavía sorprendido por lo natural que se veía Ana en su casa. Habían pasado dos semanas desde el accidente y ella se había adaptado como si siempre hubiera vivido allí. “Es sobre fracciones,”, explicó Sofía.

“No entiendo cómo dividirlas.” Ana se sentó junto a la niña y tomó el lápiz. Con movimientos seguros empezó a explicar el problema de una manera que Diego nunca había visto. No era como una maestra común, sino como alguien acostumbrada a explicar cosas complicadas de forma simple.

“Mira, imagínate que tienes una pizza”, le decía Ana. “Si la partes en ocho pedazos y te comes tres, ¿qué fracción te comiste?” “3 octavos”, gritó Sofía emocionada. Exacto. Ahora si quieres dividir esa fracción. Diego sonrió y se fue al taller. Ana tenía un don especial con Sofía…..