La vida de Lyuba cambió en cuestión de un solo día.
Todavía no podía creerlo: una habitación cálida, una cama limpia, un rincón propio… Apenas la noche anterior dormía bajo un techo polvoriento y frío, y ahora las puertas de una mansión se abrían ante ella, brillando con un orden impecable.
Los primeros días vivió con cautela, sin atreverse a respirar demasiado fuerte. Todo era nuevo, perfecto, ajeno. El sonido de los pasos sobre el mármol, el aroma del café recién hecho por las mañanas, el suave murmullo del sistema de calefacción: cosas que para los demás eran cotidianas, para ella resultaban casi irreales.
Viktor Nikolaevich hablaba poco. Su voz, grave y contenida, bastaba para imponer respeto.
Solo Nadya, la pequeña, parecía realmente feliz con su presencia.
— ¡Lyuba, ven! —decía casi cada tarde—. Quiero enseñarte mi habitación.
Ella sonreía, siempre tímida, y la seguía por los pasillos llenos de retratos y jarrones antiguos.
— Es preciosa, Nadya —decía Lyuba al ver el cuarto lleno de luz, cortinas rosadas y juguetes caros—. Cuando yo era niña, soñaba con tener un lugar así.
— Entonces ahora tienes que quedarte con nosotros —respondía la niña con naturalidad—. Te necesitamos aquí.
Esas palabras se le quedaron grabadas. Por primera vez en años, Lyuba sintió que alguien la necesitaba.
Pero no todos en la casa compartían esa simpatía.
Roman, el guardia, la observaba con desconfianza. El personal hablaba en voz baja cuando ella entraba, y más de una vez escuchó la palabra “presa” susurrada entre murmullos. Lyuba fingía no oír, pero por dentro la hería profundamente.
Una noche, mientras fregaba el suelo del vestíbulo, escuchó pasos detrás de ella.
— Lyubov —era Viktor Nikolaevich—, ¿todo bien?
— Sí, señor. Ya casi termino.
— Bien. Mañana saldré de viaje unos días. Quiero que mantengas todo en orden. Confío en ti.
Esa última frase, “confío en ti”, la conmovió. Nadie le había dicho eso en mucho tiempo.
Pasaron los días. La rutina le devolvía poco a poco una sensación de normalidad: limpiar, cocinar, cuidar de Nadya, revisar las flores del jardín. Pero algo comenzó a inquietarla.
Cada vez que pasaba frente al despacho del millonario, sentía una especie de presencia, una mirada invisible. Y un día, mientras limpiaba el pasillo, notó una luz diminuta parpadeando en una esquina del techo.
Se acercó y lo vio: una cámara.
Al principio pensó que era algo normal, una medida de seguridad. Pero pronto se dio cuenta de que no había una, sino muchas. En el pasillo, en la cocina, incluso en su habitación.
El corazón le dio un vuelco. ¿Por qué grabar el cuarto del personal? ¿Qué buscaban?
Esa noche apenas pudo dormir. Se sentó en la cama, mirando el pequeño lente rojo que brillaba en la oscuridad.
— ¿Qué quieres de mí, Viktor Nikolaevich? —susurró.
Y mientras tanto, en el despacho, el millonario observaba las grabaciones con el ceño fruncido.
Lo que vio lo dejó sin aliento.
Primero, imágenes normales: Lyuba limpiando, cuidando a Nadya, ordenando el comedor. Pero luego, una escena lo heló por dentro.
En la pantalla, Lyuba estaba frente a un espejo, sosteniendo algo pequeño en las manos. Parecía una medalla vieja, sucia, con un número grabado. La miraba con lágrimas en los ojos y murmuraba:
— Nunca más… nunca volveré allí…
Viktor detuvo el video, incrédulo. En su rostro se mezclaron el desconcierto y el miedo.
Había algo en esas palabras, algo en esa medalla, que despertaba un recuerdo olvidado.
Un recuerdo que, si era cierto, significaba que aquella mujer sabía mucho más de su familia de lo que aparentaba.
Y así, mientras Lyuba intentaba dormir bajo la mirada invisible de las cámaras, el millonario comprendía que la mujer que había salvado a su hija… tal vez no era quien decía ser