La nieve caía suavemente sobre las calles empedradas de Londres, aquella víspera de Navidad de 1887, cubriendo la ciudad con un manto blanco que parecía querer ocultar las profundas desigualdades que marcaban la era victoriana. Las luces de gas parpadeaban en las esquinas, creando alos dorados en medio de la oscuridad invernal, mientras las familias acomodadas se preparaban para celebrar en sus cálidas mansiones, ajenas al sufrimiento, de quienes no tenían ni un trozo de pan para llevar a la boca. Entre esas almas olvidadas
caminaba Elenor Morrison, una joven viuda de apenas 26 años que había conocido días mejores. Su rostro, aunque marcado por la preocupación y el cansancio, conservaba una belleza serena que ninguna adversidad había logrado borrar. Junto a ella, aferrada a su mano con dedos pequeños y fríos, caminaba Lily, su hija de 7 años, cuyos ojos azules brillaban con la inocencia de quien aún cree en la magia de la Navidad. No buscaban nada en particular aquella noche.
Elenor simplemente quería que su hija viera las decoraciones navideñas, que sintiera, aunque fuera por un momento, que la magia de la temporada también era para ellas, a pesar de que en su humilde habitación no habría árbol. ni regalos ni cena especial, solo tenían el uno al otro. Y el amor inquebrantable de una madre que trabajaba día y noche como costurera para apenas conseguir un pedazo de pan.
Fue entonces cuando Lily se detuvo frente a la vitrina más espléndida de toda la calle comercial. La juguetería Harrot Sansons resplandecía como un palacio de cristal, sus ventanas decoradas con guirnaldas de pino fresco, acebo con vallas rojas, cintas de terciopelo carmesí y velas que proyectaban una luz cálida y acogedora. Pero lo que capturó por completo la atención de la pequeña fue una muñeca de porcelana que descansaba en el centro del escaparate como una princesa en su trono. La muñeca era exquisita.
Vestía un traje de seda azul con encajes franceses. Su cabello rubio estaba peinado en rizos perfectos y sus ojos de cristal parecían mirar directamente al alma de quien la observaba. Para una niña que solo había conocido muñecas de trapo hechas con retazos, aquella criatura de porcelana representaba todo lo inalcanzable, todo lo que existía en un mundo al que ella nunca podría pertenecer.
“Mami”, susurró Lily presionando sus manitas contra el cristal helado, su aliento creando pequeñas nubes de Bao en la ventana. “Mira muñeca, es la más hermosa que he visto en toda mi vida. ¿Crees que los Reyes Magos podrían traérmela? Elenor sintió que su corazón se partía en mil pedazos. Se arrodilló junto a su hija, abrazándola con fuerza, tratando de contener las lágrimas que amenazaban con traicionar su fortaleza.
con voz suave, pero quebrada por la emoción, le respondió, “Solo tenemos dinero para comer, no para comprar una muñeca, mi amor.” Lo que Elenor no sabía era que a solo unos metros de distancia, observándolas desde las sombras de un farol, se encontraba James Ashford, el conde de Whitmore, un hombre de 32 años cuya fortuna era tan vasta como vacía, estaba su alma.
Aquella noche, algo en la escena que presenciaba atravesó la coraza de indiferencia que había construido alrededor de su corazón durante años de soledad aristocrática. Y así comenzó una historia que cambiaría para siempre el destino de tres vidas. ¿Desde dónde nos acompañas en esta historia? Me encanta saber hasta dónde llegan nuestras historias. Escribe en los comentarios tu país o ciudad.
Tu participación hace que esta historia cobre vida. La noche del 23 de diciembre de 1887 sería recordada por James Ashford como el momento en que su vida dejó de ser una sucesión de días vacíos y comenzó a tener verdadero significado. Había salido de su club de caballeros en Mayfir con la intención de caminar hasta su mansión en Belgia, necesitando el aire frío para despejar su mente de los vapores del brandy y de las conversaciones insustanciales sobre política y negocios que no lograban llenar el vacío existencial que lo consumía. El conde de Whmmore era, según
los estándares de la sociedad londinense, un hombre que lo tenía todo. Un título nobiliario que databa de tres siglos atrás, una fortuna considerable heredada de su padre y multiplicada por sus propias inversiones inteligentes, una mansión en el mejor barrio de Londres, propiedades en el campo y un rostro que hacía que las damas de sociedad suspiraran en los bailes.
Sin embargo, a sus 32 años, James se sentía profundamente solo. Había perdido a sus padres siendo apenas un joven de 22 años en un accidente de carruaje que también se había llevado a su hermana menor. Desde entonces había cumplido con sus obligaciones sociales de manera mecánica, administraba sus propiedades, asistía a la cámara de los lores, participaba en eventos benéficos, pero todo lo hacía con el corazón distante, como si observara su propia vida desde fuera.
Las debutantes que su tía le presentaba cada temporada le parecían todas iguales, bonitas, educadas, superficiales, más interesadas en su título y fortuna que en conocer quién era realmente. Aquella noche, mientras caminaba por la calle comercial iluminada por los faroles de gas y decorada para la Navidad, James se detuvo a observar las vitrinas más por costumbre que por interés genuino.
Fue entonces cuando escuchó la voz de una niña llena de asombro y anhelo. Mami, mira esa muñeca. Es la más hermosa que he visto en toda mi vida. ¿Crees que los Reyes Magos podrían traérmela? James giró la cabeza y lo que vio lo dejó paralizado. Frente a la vitrina de Harold and Sons, una mujer joven estaba arrodillada junto a una niña pequeña.
Incluso en la penumbra de la noche invernal, iluminada solo por la luz que emanaba del escaparate, James pudo percibir la escena con una claridad que le atravesó el pecho como una flecha. La mujer vestía un abrigo oscuro que había conocido días mejores, remendado en varios lugares con puntadas cuidadosas que hablaban de manos hábiles, pero de recursos limitados.
Un chal de lana desgastado cubría su cabeza y hombros, pero algunos mechones de cabello castaño escapaban enmarcando un rostro que, a pesar de la evidente fatiga y preocupación, poseía una belleza serena que ninguna dama de la alta sociedad que James conociera podía igualar. Era la belleza de la dignidad en medio de la adversidad, de la fortaleza silenciosa, del amor incondicional.
La niña, que no tendría más de 7 años, vestía un abrigo igualmente humilde y remendado, pero limpio y cuidado con esmero. Sus mejillas estaban sonrojadas por el frío y sus ojos brillaban con la ilusión pura de la infancia, mientras observaba la muñeca de porcelana como si fuera el tesoro más grande del mundo. James observó como la madre abrazaba a su hija acercándola a su cuerpo como queriendo protegerla de todas las crueldades del mundo.
Y entonces escuchó las palabras que quedarían grabadas en su memoria para siempre. Solo tenemos dinero para comer, no para comprar una muñeca, mi amor. La voz de la mujer era suave, pero estaba cargada de una tristeza profunda, del dolor de una madre que no puede darle a su hija ni siquiera un pequeño deseo en Navidad.
Sin embargo, en esa misma voz había una fortaleza, una determinación de seguir adelante. A pesar de todo, James sintió algo que no había experimentado en años, una emoción genuina que atravesaba la coraza de indiferencia que había construido alrededor de su corazón. No era lástima lo que sentía, sino algo mucho más complejo y profundo.
Era admiración por aquella mujer que enfrentaba la pobreza con dignidad. Era ternura por la niña que soñaba con una muñeca. Era vergüenza por su propia vida vacía llena de lujos que no apreciaba. Y era algo más, algo que no podía nombrar todavía, pero que hacía que su corazón latera con una intensidad olvidada. La niña se aferró a su madre y le preguntó con voz temblorosa, “Entonces, ¿no habrá regalos esta Navidad, mami?” Eleor Morrison, porque ese era el nombre de aquella valiente mujer, aunque James aún no lo supiera, besó la frente de su hija con infinita ternura. El mejor regalo que tengo eres tú, mi pequeña Lily. Mientras estemos juntas, tenemos todo lo que
necesitamos. Pero tendremos cena de Navidad, insistió la niña con la inocencia cruel de quien no entiende completamente la gravedad de la situación. Elenor tragó saliva con dificultad. Había conseguido trabajo suficiente esa semana para comprar un pequeño trozo de pan y un poco de queso para el día de Navidad, pero no había manera de hacer que pareciera una cena festiva.
“Tendremos algo especial, te lo prometo”, mintió suavemente. Porque a veces el amor requiere mentiras piadosas para proteger la inocencia. James observó como madre e hija se alejaban lentamente de la vitrina caminando por las calles cubiertas de nieve hacia algún destino desconocido. Algo en su interior le gritó que no las dejara ir, que no podía simplemente regresar a su mansión caliente y olvidar lo que había presenciado.
Sin pensarlo dos veces, comenzó a seguirlas, manteniéndose a una distancia prudente, oculto entre las sombras y la niebla que comenzaba a levantarse. Las siguió a través de calles cada vez menos iluminadas, adentrándose en barrios donde James raramente ponía un pie. Las casas se volvieron más pequeñas, más deterioradas, los faroles de gas más espaciados.
Finalmente, Elenor y Lily entraron en un edificio de apartamentos desvencijado en una calle estrecha de White Chapel, uno de los barrios más pobres de Londres. James se quedó parado frente al edificio durante largo rato, grabando la dirección en su memoria. 14 de Dorset Street. La nieve continuaba cayendo, acumulándose sobre sus hombros, pero él apenas la sentía.
Su mente trabajaba a toda velocidad, planeando, decidiendo. No podía quitarse de la cabeza la imagen de aquella mujer arrodillada junto a su hija, ni las palabras que había pronunciado con tal mezcla de amor y desesperación. regresó caminando a su mansión, pero por primera vez en años el lujo que lo rodeaba le pareció obsceno.
Entró en su estudio revestido en madera de roble con estanterías llenas de libros que raramente leía, una chimenea donde ardía un fuego generoso y muebles que costaban más de lo que aquella mujer y su hija ganarían en toda una vida. Se sirvió una copa de brandy y se sentó frente al fuego, pero no encontraba paz. Los ojos azules de aquella niña lo perseguían, llenos de una inocencia y esperanza que el mundo estaba a punto de aplastar, y los ojos de la madre, marrones y profundos, llenos de una fuerza silenciosa que lo había conmovido hasta el alma. Thompson llamó a su mayordomo un hombre de edad avanzada que había
servido a su familia durante décadas. Sí, mi lord”, respondió el mayordomo, apareciendo como siempre de manera silenciosa y eficiente. “Mañana por la mañana quiero que vayas a Harrods and Sons y compres la muñeca de porcelana que está en el escaparate central, la que tiene el vestido azul con encajes.
” Thompson no mostró sorpresa, entrenado como estaba para no cuestionar las órdenes de su señor. “Por supuesto, mi lord, ¿es un regalo para alguna sobrina?” “No tengo sobrinas, Thompson. Es para James hizo una pausa dándose cuenta de que no sabía cómo explicar lo que estaba haciendo. Es para una niña que la necesita más que nadie en este mundo. Muy bien, mi lord. Y Thompson, añadió James.
También necesito que prepares varias cestas con alimentos: jamón, queso fino, pan fresco, frutas, vegetales, té, azúcar, mantequilla, lo mejor que tengamos. Y añade dulces, muchos dulces que le gusten a los niños. ¿Cuántas cestas, mi lord? Las suficientes para que una mujer y una niña puedan comer bien durante al menos tres meses. Y añade leña para el fuego, mantas de lana.
Hace mucho frío en White Chapel. Por primera vez en su larga carrera, Thompson pareció genuinamente sorprendido, pero se recuperó rápidamente. ¿Puedo preguntar la dirección de entrega, mi lord 14 de Dorset Street White Chapel? Pero Thomson James se levantó y miró a su leal sirviente directamente a los ojos. Esto debe hacerse de manera anónima.
No debe haber ninguna indicación de qué proviene de mí. Solo una nota que diga, para que la magia de la Navidad alcance corazones puros. ¿Entendido? Perfectamente, mi lord, respondió Thompson. Y aunque su rostro permaneció impasible, había un brillo de aprobación en sus viejos ojos.
Después de tantos años de servir a un señor que parecía haber perdido el interés por la vida, era reconfortante ver un destello de pasión en el joven conde. Aquella noche, James no pudo dormir. Permaneció despierto en su cama con Dosel, mirando el techo decorado con molduras ornamentadas, imaginando qué expresión tendría el rostro de aquella niña cuando abriera la caja y encontrara la muñeca de sus sueños.
Pero más que eso, se preguntaba qué pensaría la madre. ¿Se sentiría agradecida, ofendida, sospechosa, y se preguntaba por qué le importaba tanto. Era cierto que había hecho obras de caridad antes. Había donado sumas considerables a orfanatos y asilos, pero siempre de manera distante, impersonal. Esto era diferente. Esto era personal de una manera que no podía explicar completamente.
Mientras el reloj marcaba las horas de la madrugada, James Ashford, el conde de Whmmore, permaneció despierto pensando en una mujer cuyo nombre aún no conocía y en una niña que había logrado lo que nadie más había conseguido en años, hacer que sintiera algo real. Al amanecer del día de Nochebuena, Thompson partió con un carruaje cargado de regalos hacia White Chapel.
James lo vio partir desde la ventana de su estudio, sintiéndose extrañamente nervioso, como un joven que envía su primera carta de amor y espera ansioso una respuesta. Lo que no sabía era que aquel simple acto de generosidad pondría en marcha una cadena de eventos que cambiaría su vida para siempre. Porque el destino tiene formas misteriosas de unir a las almas que están destinadas a encontrarse.
Y a veces todo comienza con una niña que desea una muñeca y un hombre solitario que observa desde las sombras. ¿Qué sucederá cuando Eleanor descubra los regalos? ¿Podrá James permanecer en el anonimato o el destino tiene otros planes? Descúbrelo en la parte dos. La mañana del 24 de diciembre amaneció fría y gris sobre White Chapel.
Ele Morrison se despertó antes del alba, como siempre en la pequeña habitación que compartía con su hija Lily. El cuarto era diminuto, apenas lo suficientemente grande para la cama estrecha, donde dormían abrazadas para darse calor, una silla desvencijada. una mesa pequeña junto a la ventana donde Elenor cosía durante las horas de luz para ahorrar velas y un pequeño fogón en la esquina que raramente encendían por el costo del carbón. Se levantó con cuidado para no despertar a Lily, quien dormía acurrucada bajo las mantas delgadas, que
eran todo lo que tenían contra el frío invernal. Elenor la observó durante un momento, sintiendo que su corazón se llenaba de un amor tan intenso que dolía. Aquella niña era su razón de vivir, la única luz en la oscuridad que había sido su vida desde que perdió a su esposo Thomas tres años atrás.
Thomas había sido carpintero, un hombre bueno y trabajador que la amaba profundamente. Su matrimonio no había sido arreglado por conveniencia social como era común en las clases altas, sino un verdadero matrimonio de amor. Thomas provenía de una familia de artesanos respetables y aunque no eran ricos, habían vivido cómodamente en una casita modesta con jardín. Elenor recordaba aquellos días como si fueran un sueño.
Las mañanas preparando el desayuno mientras Thomas silvaba en su taller, las tardes leyendo juntos mientras Lily jugaba en el jardín, las noches acurrucados frente al fuego. Todo había terminado de manera súbita y cruel. Thomas había estado trabajando en la construcción de un nuevo edificio cuando una viga mal asegurada cayó matándolo instantáneamente.
Helenor había quedado viuda a los 23 años con una niña de 4 años y sin ningún medio de sustento. familia de Thomas, que nunca la había aceptado completamente por considerarla demasiado refinada y educada para un carpintero, Elenor era hija de un maestro de escuela que había caído en desgracia, le había dado la espalda. Sin ahorros y sin apoyo familiar, Elenor había tenido que vender la casita para pagar las deudas que Thomas había dejado. Con lo poco que quedó, alquiló aquella habitación en White Chapel y comenzó a trabajar como costurera.
Sus manos, que una vez habían tocado el piano y bordado por placer, ahora cocían desde el amanecer hasta altas horas de la noche, arruinando su vista bajo la luz de velas baratas, solo para conseguir apenas lo suficiente para no morir de hambre. Eleanor se lavó el rostro en el agua helada de la jofaina y se peinó el cabello castaño, recogiéndolo en un moño simple.
A pesar de la pobreza, mantenía su dignidad y su aseo personal con esmero. Era lo único que aún podía controlar en una vida que se había vuelto incontrolable. Estaba preparando el agua para hacer té, un lujo que solo se permitía en días especiales y Nochebuena lo era aunque fuera solo en espíritu, cuando escuchó pasos pesados en la escalera y luego un golpe en la puerta. Su corazón dio un vuelco de pánico.
Sería el casero exigiendo el alquiler que aún le debía de la semana anterior. Abrió la puerta con cautela y se encontró con un hombre corpulento, vestido con librea elegante que le resultaba completamente fuera de lugar en aquel edificio ruinoso de White Chapel. “¿Seora Morrison?”, preguntó el hombre con voz formal, pero no desagradable.
“Sí”, respondió él enor desconcertada. Detrás del hombre podía ver a otros dos sirvientes igualmente bien vestidos cargando cajas grandes. “Tengo una entrega para usted, señora”, dijo el hombre y sin esperar respuesta, hizo una seña a los otros hombres que comenzaron a subir las escaleras con las cajas. “Debe haber un error”, dijo Elenor retrocediendo instintivamente.
“Yo no he ordenado nada. No puedo permitirme.” No hay error, señora. La dirección es correcta, señora Eleanor Morrison 14 de Dorset Street, habitación 3. Y no hay ningún costo. Esto es un regalo. ¿Un regalo de quién? El hombre que era Thomson, aunque Elenor no lo sabía, le entregó un sobre pequeño.
Solo me han dado instrucciones de entregar esto junto con una nota. Señora. Elenor tomó el sobre con manos temblorosas y lo abrió. Dentro había una tarjeta con caligrafía elegante que decía simplemente, “Para que la magia de la Navidad alcance corazones puros”. Para entonces, los hombres ya habían subido varias cajas grandes y las habían colocado cuidadosamente en la pequeña habitación, que de repente parecía aún más diminuta. Thompson se inclinó levemente en una reverencia y dijo, “Feliz Navidad, señora Morrison.” antes
de partir con sus ayudantes, dejando a Elenor completamente aturdida. “Mami, ¿qué sucede?” La voz omnolienta de Lily rompió el silencio. La niña se había despertado con el ruido y ahora miraba las cajas con ojos enormes de asombro. Elenor cerró la puerta y se quedó mirando las cajas como si fueran a desaparecer en cualquier momento. No lo sé, mi amor.
Parece que parece que alguien nos ha enviado algo para Navidad. ¿Podemos abrirlas?, preguntó Lily saltando de la cama y corriendo hacia las cajas con la emoción propia de su edad. Elenor asintió lentamente, aún tratando de procesar lo que estaba sucediendo. Juntas comenzaron a abrir las cajas y con cada una que abrían, el asombro de Elenor crecía hasta convertirse en incredulidad total.
La primera caja contenía alimentos, un jamón enorme, varios tipos de quesos finos envueltos en papel encerado o gasas de pan fresco que aún estaban tibias, frutas que Eleanor no había visto en años, naranjas, manzanas, peras, vegetales frescos, latas de conservas, paquetes de té de la mejor calidad, azúcar, mantequilla y hasta una botella de vino tinto.
La segunda caja contenía más provisiones, harina, avena, arroz, lentejas. y una variedad de especias y condimentos que Elenor había olvidado que existían. La tercera caja hizo que Elenor se llevara las manos a la boca para contener un soyoso, mantas de lana gruesa y suave, edredones, sábanas limpias y nuevas y hasta almohadas de plumas.
Pero fue la cuarta caja la que hizo que Lily gritara de alegría pura. Dentro, cuidadosamente envuelta en papel de seda y colocada en un lecho de terciopelo, estaba la muñeca de porcelana de la vitrina, la muñeca que Lily había admirado la noche anterior con su vestido azul de encajes, sus rizos dorados perfectos y sus ojos de cristal que parecían mirar directamente al alma.
“Mami, mami, ¿es? Es la muñeca de la vitrina.” Lily sacó la muñeca de la caja con una reverencia casi religiosa, como si temiera que fuera a romperse o desaparecer. Las lágrimas corrían por sus mejillas mientras abrazaba la muñeca contra su pecho. Es la cosa más hermosa que he tenido en toda mi vida. Elenor se dejó caer en la silla completamente abrumada.
Sus propias lágrimas caían libremente ahora, lágrimas de alivio, de gratitud, de confusión y de algo más que no podía nombrar. ¿Quién había hecho esto? ¿Quién sabía su nombre y dirección? ¿Quién sabía que Lily había deseado esa muñeca específica? De repente, un pensamiento horrible la asaltó.
¿Y si esto era algún tipo de trampa? ¿Y si alguien esperaba algo a cambio? En los barrios pobres de Londres, la generosidad raramente venía sin condiciones. Los hombres ricos a veces ayudaban a mujeres viudas esperando. Elenor sintió náuseas al pensar en las implicaciones, pero entonces miró el rostro radiante de su hija, quien hablaba con la muñeca en voz baja, presentándose y prometiéndole que cuidaría de ella para siempre.
y miró las provisiones suficientes para mantenerlas alimentadas durante meses. ¿Qué debía hacer? ¿Rechazar todo esto por orgullo y devolver a su hija a la pobreza y el hambre? ¿O aceptar el regalo misterioso y arriesgarse a estar en deuda con un extraño? Se levantó y caminó hacia la ventana, mirando la calle gris y nevada abajo.
Relió la nota una y otra vez para que la magia de la Navidad alcance corazones puros. No había ninguna exigencia, ninguna condición, ninguna firma siquiera. “Mami, mira”, dijo Lily interrumpiendo sus pensamientos. “Hay otra caja pequeña aquí.” Efectivamente, había una quinta caja que habían pasado por alto. Elenor la abrió y encontró telas hermosas, terciopelo, seda, linofino, encajes delicados, carretes de hilo de todos los colores, agujas de la mejor calidad, tijeras profesionales, un dedal de plata y hasta un libro con patrones de costura de los estilos más modernos de París. Junto a todo esto había otra nota. Esta
en una caligrafía diferente, más tosca, como si hubiera sido escrita a prisa. He escuchado que es usted una costurera excelente. En los próximos días recibirá encargos de varios clientes que requieren sus servicios. Estas telas son un adelanto para que pueda trabajar con los mejores materiales.
Elenor leyó la nota tres veces, su mente trabajando a toda velocidad. Esto cambiaba todo. No era solo caridad. Había un componente de trabajo, de oportunidad. Alguien no solo estaba ayudándolas a sobrevivir la Navidad, sino dándole a Elenor una manera de salir de la pobreza mediante su propio esfuerzo y habilidad. Se sentó de nuevo, esta vez con las piernas débiles de alivio y esperanza.
No sabía quién era su benefactor misterioso, pero fuera quien fuera, había entendido algo fundamental. Elenor Morrison no quería caridad, quería una oportunidad y eso era exactamente lo que le estaban dando. “Mami, ¿estás bien? ¿Por qué lloras?”, preguntó Lily, acercándose a ella con la muñeca aún en sus brazos, Elenor abrazó a su hija con fuerza, besando su cabello suave. “Estoy bien, mi amor.
Estoy más que bien. Parece que esta Navidad va a ser mágica después de todo.” Pasaron el resto del día en un estado de alegría casi surrealista. Elenor preparó una verdadera cena de Navidad con el jamón y los vegetales, llenando su pequeña habitación con aromas que no habían conocido en años. Lily jugaba con su muñeca, creándole una cama pequeña con retazos de tela y contándole historias elaboradas sobre princesas y castillos.
Por la noche, acurrucadas bajo las mantas nuevas, que eran infinitamente más cálidas que las viejas, Lily le preguntó, “Mami, ¿quién crees que nos envió todo esto? Elenor había estado pensando en eso todo el día. No lo sé, mi amor, pero debe ser alguien con un corazón muy bondadoso.
¿Crees que fue un ángel? Preguntó Lily con la seriedad absoluta de la infancia. Eleanor sonrió en la oscuridad. Quizás sí, cielo. Quizás sí. Lo que Eleanor no sabía era que en ese mismo momento, a varias millas de distancia en su mansión de Belgravia, James Ashford estaba sentado frente al fuego en su estudio, imaginando la escena que se había desarrollado en aquella pequeña habitación de White Chapel.
Thompson le había reportado que la entrega se había hecho con éxito y que la señora Morrison había parecido abrumada, pero agradecida. James se había sentido tentado a preguntarle a Thomson más detalles, cómo era ella de cerca, cómo sonaba su voz, había sonreído, pero se había contenido, consciente de que tales preguntas revelarían demasiado sobre su interés inusual en una completa extraña.
Sin embargo, no podía dejar de pensar en ella. Durante toda la cena de Navidad que había compartido con su tía Lady Margaret, una mujer severa que lo sermoneaba constantemente sobre su deber de casarse y producir herederos. James había estado distraído, su mente regresando una y otra vez a aquella mujer arrodillada en la nieve, a sus palabras llenas de amor y desesperación, a la dignidad con la que enfrentaba su pobreza.
James, no me estás escuchando en absoluto,”, dijo Lady Margaret con exasperación, golpeando su copa con una cuchara para llamar su atención. “Perdona, tía, ¿qué decías?” “Decía que Lady Ctherine Pemberton ha expresado interés en conocerte mejor. Es de excelente familia. Tiene una educación impecable y su dote es considerable. No estoy interesado”, respondió James de manera automática, como había respondido a docenas de sugerencias similares a lo largo de los años. “¿Y cuándo estarás interesado?”, exigió su tía.
“Tienes 32 años, James. Es tu deber hacia tu título y tu familia encontrar una esposa adecuada y asegurar la línea sucesoria. No puedes seguir viviendo como un ermitaño en esta mansión.” James no respondió. ¿Cómo podía explicarle a su tía que todas esas mujeres adecuadas le parecían insulsas, que ninguna de ellas lo hacía sentir nada? ¿Y cómo podía explicar que había visto más vida, más pasión, más belleza real? En 2 minutos, observando a una viuda pobre y su hija, que en todos los años de cortejo en los salones de la alta sociedad, los días siguientes pasaron en una extraña
dicotomía. Elenor recibió, tal como prometía la nota, varios encargos de costura de clientes ricos que Thompson había arreglado discretamente. Clientes que en realidad no existían, pero cuyos pagos provenían directamente de la fortuna de James. Elenor trabajaba con dedicación febril, creando piezas hermosas con las telas finas que le habían proporcionado, sin saber que cada peso que ganaba era en realidad un regalo disfrazado.
James, por su parte, encontró excusas para pasar por Dorset Street, más veces de las que era prudente, siempre asegurándose de permanecer oculto, solo para vislumbrar a Elenor cuando salía a hacer encargos o a entregar su trabajo de costura. Cada vez que la veía sentía que algo en su pecho se apretaba y expandía al mismo tiempo. Una tarde, tres semanas después de la Navidad, James tomó una decisión.
No podía seguir siendo un observador anónimo de la vida de esta mujer. Necesitaba conocerla, hablar con ella, aunque fuera solo una vez. Necesitaba saber si lo que sentía era real o simplemente una fantasía romántica construida desde la distancia. llamó a Thompson a su estudio y le dijo, “Necesito crear una situación donde pueda conocer a la sñora Morrison de manera natural, sin que parezca sospechoso.
” Thompson, que había servido a la familia Ashford durante décadas y había desarrollado una lealtad y discreción absolutas, apenas levantó una ceja ante esta petición inusual. “¿Puedo sugerir algo, mi lord, por favor? La temporada social está por comenzar. Usted necesitará trajes nuevos para los diversos eventos y si expresara insatisfacción con su sastre actual y pidiera recomendaciones, yo podría de manera completamente casual mencionar que he escuchado de una costurera excepcional que ha estado haciendo trabajos maravillosos. Podría sugerir que la traigan a la mansión para que tome sus medidas y discuta los diseños.
James sonrió sintiendo una mezcla de anticipación y nerviosismo que no había experimentado desde su juventud. “Tomson, eres un genio. Simplemente deseo ver a su señoría feliz”, respondió Thompson con una pequeña sonrisa. “Hace mucho tiempo que no lo veo tan vivo.” Y así se puso en marcha el plan que llevaría a James y Eleenor a encontrarse cara a cara por primera vez.
Lo que ninguno de los dos sabía era que aquel encuentro cambiaría el curso de sus vidas para siempre, desatando una cadena de eventos que los llevaría del amor al escándalo, de la felicidad a la adversidad y, finalmente, a un final que ninguno de los dos podría haber imaginado.
¿Cómo reaccionará Elenor cuando llegue a la mansión del conde? Descubrirá que él es su benefactor secreto. ¿Qué sentirá James al tenerla finalmente frente a frente? La parte tres revelará el encuentro que cambiará todo. Elenor Morrison nunca había estado tan nerviosa en toda su vida. Estaba parada frente a las enormes puertas de hierro forjado de la mansión Ashford en Belgravia, sosteniendo su pequeño maletín de costura, con manos que temblaban ligeramente.
La dirección que le había proporcionado el Sr. Thompson, quien se había presentado como mayordomo de una familia aristocrática que necesitaba sus servicios, la había llevado a uno de los barrios más elegantes de Londres, a una mansión de piedra blanca de cuatro pisos que parecía más un palacio que una residencia privada.
Habían pasado 5co semanas desde aquella Navidad mágica y la vida de Elenor había experimentado un cambio notable. Los encargos de costura habían seguido llegando con regularidad. Todos bien pagados, todos permitiéndole utilizar las hermosas telas que le habían regalado. Por primera vez en 3 años Elenor no se había acostado con el estómago vacío.
Por primera vez había podido pagar el alquiler sin preocuparse por ser desalojada. Por primera vez había visto a Lily sonreír todos los días jugando con su muñeca de porcelana que había llamado Esperanza. Pero incluso en medio de esta nueva prosperidad relativa, Elenor no había olvidado su lugar en el mundo.
Ella era una costurera viuda de White Chapel y este lugar frente a ella representaba un mundo al que nunca pertenecería. La diferencia entre su realidad y este palacio de mármol y oro era tan vasta que casi se dio la vuelta para irse. Pero entonces pensó en el pago que le habían prometido por este trabajo, suficiente para mantenerlas a ella y a Lily durante tres meses completos.
No podía rechazarlo sin importar cuán intimidante fuera el entorno. Respiró profundamente, alisó su mejor vestido, uno que ella misma había hecho con retazos de tela fina, que le habían sobrado de otros proyectos, pero que aún era claramente el atuendo de una trabajadora. Y tocó la campanilla. Un mayordomo apareció casi inmediatamente.
Elenor reconoció al señor Thompson, quien le sonrió con amabilidad. Sora Morrison, es un placer verla nuevamente. Por favor, pase. Su señoría la está esperando. Elenor entró en el vestíbulo y tuvo que hacer un esfuerzo consciente para no quedarse boque abierta. El piso era de mármol blanco y negro en un patrón geométrico elegante.
Una escalera de mármol con barandilla de cauba pulida se curvaba hacia los pisos superiores. Arañas de cristal colgaban del techo, reflejando la luz en miles de prismas. Pinturas al óleo en marcos dorados adornaban las paredes, retratos de ancestros aristocráticos que parecían mirar con desaprobación a esta intrusa de clase baja.
Thompson la guió a través de varios pasillos, cada uno más opulento que el anterior, hasta que finalmente se detuvieron frente a una puerta de roble tallado. “El señor Conde la recibirá en su estudio”, dijo Thompson. Y Eleanor sintió que su corazón se detenía por un momento. El conde repitió su voz apenas un susurro. El dueño de esta casa es un conde. El conde de Whitmore, sí, señora, confirmó Thompson. El conde James Ashford.
No se preocupe, es un caballero muy amable. Antes de que Elenor pudiera procesar completamente esta información aterradora, Thompson había abierto la puerta y la estaba guiando hacia el interior del estudio. La habitación era grande, pero de alguna manera acogedora, con estanterías llenas de libros del piso al techo, una chimenea donde ardía un fuego cálido y grandes ventanas que daban a un jardín cubierto de nieve.
En el centro de la habitación, de pie junto a un escritorio de Cahoba, había un hombre. Eleanor lo vio y sintió que el aliento se le escapaba del cuerpo. James Ashford era, sin lugar a dudas, el hombre más apuesto que Elenor había visto en su vida. Alto, de complexión atlética, pero no excesivamente musculosa.
Vestía pantalones de color beige claro y un chaleco marrón sobre una camisa blanca inmaculada. Su cabello era de un castaño oscuro, ligeramente ondulado, y sus ojos sus ojos eran de un azul tan profundo que Elenor sintió que podría perderse en ellos. Pero más allá de su belleza física, había algo en su rostro que la impactó, una mezcla de inteligencia, melancolía y una bondad que no esperaba encontrar en un aristócrata.
Y en ese momento, cuando sus miradas se encontraron, Eleanor sintió una conexión que no podía explicar, como si de alguna manera ya conociera a este hombre. James, por su parte, se había quedado completamente inmóvil. Había pasado cinco semanas imaginando este momento, preparándose mentalmente para finalmente estar frente a frente con la mujer, que había ocupado sus pensamientos cada día, cada hora, pero nada lo había preparado para la realidad de su presencia.
Incluso en su vestido simple, Elenor era hermosa, de una manera que ninguna dama de la alta sociedad podría igualar. Su belleza no era ostentosa ni artificial. Era natural, honesta, real. Sus ojos marrones lo miraban con una mezcla de nerviosismo y dignidad. Su postura era erguida, a pesar de que él podía ver que estaba intimidada por el entorno.
“Señora Morrison”, dijo finalmente, encontrando su voz y obligándose a sonar formal y profesional. “Es un placer conocerla. Por favor, tome asiento. Señaló una silla tapizada frente a su escritorio. Mi lord, respondió Elenor con una pequeña reverencia, usando el título apropiado, aunque cada fibra de su ser quería salir corriendo de aquella habitación. Se sentó en la silla con cuidado, como si temiera ensuciarla con su presencia de clase trabajadora.
James tomói detrás de su escritorio, poniendo una barrera física entre ellos que esperaba lo ayudaría a mantener la compostura. Thompson me ha informado que usted es una costurera excepcional. Hago mi mejor esfuerzo, mi lord”, respondió Elenor con modestia, manteniendo sus ojos bajos.
tenía las manos entrelazadas sobre su regazo y James notó que estaban ligeramente enrojecidas y callosas del trabajo constante. “Necesito varios trajes nuevos para la próxima temporada social”, continuó James tratando de mantener la conversación en un terreno seguro y profesional. Chaquetas, pantalones, chalecos, todo del mejor material y la mejor confección.
¿Cree que podría encargarse de ello? Elenor finalmente levantó la mirada y James vio sorpresa en sus ojos. Mi lord, debo ser honesta con usted. Soy una costurera experimentada, sí, pero mi especialidad es la ropa de mujer. Nunca he confeccionado trajes completos para un caballero. Generalmente, los astres masculinos son hombres que han aprendido el oficio específicamente.
Pero, ¿podría hacerlo? Interrumpió James inclinándose hacia adelante si tuviera los patrones correctos y los materiales adecuados. Elenor pensó durante un momento. La verdad era que la costura era costura, sin importar si era para hombre o mujer. Los principios eran los mismos y ella tenía la habilidad técnica.
Solo necesitaría estudiar los patrones y tal vez practicar un poco. Sí, dijo finalmente con más confianza. Sí, podría hacerlo, mi lord, pero necesitaría tomar sus medidas con precisión y tener algunos días para familiarizarme con los patrones masculinos. Excelente”, dijo James, y la sonrisa que apareció en su rostro fue tan genuina y cálida que Elenor sintió que algo se derretía en su interior.
Thompson puede proporcionarle todos los libros de patrones que necesite y, en cuanto a las medidas, se levantó de su silla y comenzó a quitarse el chaleco. Eleanor se puso de pie de inmediato, sintiendo que sus mejillas se ruborizaban. “Por supuesto, mi lord. Necesitaré medir sus hombros, pecho, largo de brazos, cintura, cadera. Comenzó a enumerar de manera profesional, tratando de mantener su mente en el trabajo y no en el hecho de que estaría muy cerca de este hombre extraordinariamente atractivo.
Sacó su cinta métrica de su maletín y se acercó a James con manos que esperaba que no temblaran visiblemente. Si me permite, mi lord. James se quedó perfectamente quieto mientras Elenor comenzaba a tomar sus medidas. Primero los hombros, estirando la cinta a lo largo de su espalda.
Incluso a través de la camisa, Elenor podía sentir la solidez de sus músculos y tuvo que recordarse respirar. Hombros, 46 cm, murmuró escribiendo la medida en su pequeña libreta. Luego vino el pecho y Elenor tuvo que rodear a James con sus brazos para pasar la cinta alrededor de su torso.
Por un momento estuvo tan cerca de él que podía oler su colonia sutil y masculina. Podía sentir su calor corporal. era intensamente íntimo de una manera que no había anticipado. James, por su parte, estaba ejerciendo un control sobrehumano para permanecer inmóvil, sentir las manos de Elenor sobre él. Incluso de esta manera clínica y profesional estaba despertando sensaciones que no había experimentado en años. Podía oler su perfume suave, algo floral, pero no abrumador.
Y cuando ella se inclinó para ajustar la cinta, su cabello rozó brevemente la barbilla de James, enviando una corriente eléctrica a través de su cuerpo. Elenor continuó con las medidas, largo de brazos, circunferencia de cintura, longitud de piernas.
Cada medición requería que tocara a James de alguna manera, que invadiera su espacio personal. Y con cada contacto, la atmósfera en la habitación se volvía más cargada. Finalmente, cuando Eleanor se alejó para anotar la última medida, ambos estaban ligeramente sin aliento, aunque ninguno lo admitiría. “Gracias, mi lord”, dijo Elenor, su voz un poco ronca. “Creo que tengo todo lo que necesito.
” “¿Cuánto tiempo necesitará?”, preguntó James, y su propia voz sonaba más áspera de lo habitual. Para tres trajes completos, con el detalle y la calidad que requiere, quizás seis semanas, tal vez dos meses. Tómese el tiempo que necesite, dijo James. La calidad es más importante que la velocidad. y hizo una pausa buscando una excusa para verla de nuevo.
Necesitaré que venga regularmente para pruebas, quizás una vez por semana para asegurarnos de que el ajuste sea perfecto. Elenor asintió tratando de ignorar el pequeño salto de emoción que sintió ante la idea de ver a este hombre cada semana. Por supuesto, milord. Hubo un momento de silencio incómodo. Ninguno de los dos queriendo que el encuentro terminara, pero sin saber cómo prolongarlo de manera apropiada.
Finalmente, James dijo, “Señora Morrison, ¿puedo preguntarle algo personal?” Elenor lo miró con cautela. “Sí, mi lord. ¿Cómo es que una mujer con su educación y modales refinados terminó trabajando como costurera en White Chapel? Perdone mi franqueza, pero es evidente que usted no nació en esas circunstancias. Elenor sintió que su espalda se ponía rígida.
Era una pregunta que la avergonzaba, que tocaba viejas heridas. Pero había algo en los ojos de James, una genuina curiosidad sin juicio que la hizo responder con honestidad. Mi padre era maestro de escuela”, comenzó Elenor. Su voz suave pero firme. Me educó bien. Me enseñó a leer, escribir, música, francés básico, todas las cosas que consideraba importantes para una mente cultivada.
Me casé con un carpintero, un hombre bueno llamado Thomas Morrison. Mi padre no aprobó el matrimonio. Consideraba que Thomas estaba por debajo de mí. Nos distanciamos. James la escuchaba con atención absoluta. Sin interrumpir. Thomas murió. Hace 3 años en un accidente de construcción, continuó Eleanor y su voz se quebró ligeramente. Me dejó sola con una hija de 4 años y sin medios de sustento.
La familia de Thomas no me ayudó. Mi propio padre había fallecido un año antes y no tenía a nadie más. Vendí lo poco que teníamos para pagar las deudas. La costura fue lo único que pude hacer para sobrevivir. Lo siento mucho, dijo James con sinceridad profunda.
Perder a un esposo amado y luego enfrentar tales dificultades debe haber sido terrible. Elenor lo miró sorprendida por la empatía genuina en su voz. La mayoría de la gente de su clase simplemente vería su situación como el resultado natural de una mala decisión, de casarse por debajo de su estatus social. Pero James parecía ver su humanidad, su sufrimiento real. Sobrevivimos dijo simplemente, “Mi hija Lily es mi razón para seguir adelante.
Mientras ella esté bien, puedo soportar cualquier cosa.” Lily repitió James, y Elenor no se dio cuenta de que él ya conocía el nombre de su hija. Es un nombre hermoso. Gracias, mi lord. Otro momento de silencio, más cómodo esta vez, lleno de un entendimiento mutuo que ninguno de los dos había esperado encontrar. “Señora Morrison”, dijo James finalmente.
“Sé que esto puede parecer impropio, pero le gustaría tomar té. Podríamos discutir más detalles sobre los trajes, los estilos que prefiero, los colores. Elenor sabía que debía declinar. Tomar té con un conde a solas en su estudio estaba muy por encima de lo que era apropiado para una costurera de su posición.
Pero había algo en James Hashford que la intrigaba, que despertaba una curiosidad que había estado dormida desde la muerte de Thomas. Y además razonó, él era su cliente. Sería grosero rechazar su hospitalidad. Me encantaría, mi lord”, respondió James. Sonríó ampliamente y Elenor notó que tenía un hoyelo en la mejilla izquierda cuando sonreía así llamó a Thomson, quien apareció con una rapidez que sugería que había estado esperando cerca y ordenó que trajeran té y pastelillos.
Durante la siguiente hora, James y Elenor hablaron inicialmente sobre los trajes. James describiendo los eventos sociales para los que los necesitaba, los colores que prefería, tonos tierra y azules profundos, el estilo que buscaba, elegante, pero no ostentoso. Pero gradualmente la conversación derivó hacia temas más personales.
James le habló sobre su amor por los libros, mostrándole su colección en las estanterías. Elenor reveló que ella también amaba leer, aunque raramente podía permitirse comprar libros nuevos y dependía de las bibliotecas públicas. “Por favor, siéntase libre de tomar prestado cualquier libro que desee”, ofreció James impulsivamente.
“Esta biblioteca tiene cientos de volúmenes que nunca se leen. Sería un placer saber que alguien los está disfrutando.” Elenor lo miró con asombro. “Mi lord, eso es extremadamente generoso, pero no hay peros. Insistió James. Considérelo un beneficio adicional de trabajar para mí. Los libros están destinados a ser leídos, no a acumular polvo.
Elenor sintió que su corazón se expandía con gratitud y algo más, algo peligroso que se estaba formando en su pecho cada vez que James hablaba, cada vez que sonreía, cada vez que la miraba con esos ojos azules llenos de inteligencia y bondad. Hablaron sobre arte. James tenía una colección impresionante de pinturas que le gustaba estudiar. Hablaron sobre música.
Elenor admitió que una vez había tocado el piano, pero no había tocado en años. James inmediatamente la invitó a usar el piano de la sala de música de la mansión cuando quisiera. Hablaron sobre sus vidas, aunque James fue cuidadoso de no revelar demasiado sobre su soledad y su búsqueda de significado, y Elenor fue igualmente reservada sobre la profundidad de su pobreza, pero incluso en lo que no decían, había un entendimiento, una conexión que iba más allá de las palabras.
Cuando Elenor finalmente miró el reloj en el escritorio de James, se sobresaltó al ver que habían pasado casi dos horas. Dios mío, mi lord, debo disculparme. He tomado demasiado de su tiempo. En absoluto, protestó James, levantándose cuando ella se puso de pie. Ha sido ha sido la conversación más agradable que he tenido en meses, años, tal vez. Elenor lo miró viendo la sinceridad en su rostro y sintió un rubor cálido extenderse por sus mejillas.
Yo también lo he disfrutado mucho, mi lord, más de lo que debería admitir. Sus miradas se encontraron y sostuvieron, y en ese momento ambos sintieron el peso de lo imposible. Él era un conde, ella una costurera viuda.
Entre ellos había un abismo de clase social tan vasto que ni siquiera una amistad apropiada sería vista con buenos ojos por la sociedad. Y sin embargo, la veré la próxima semana, dijo James suavemente para la primera prueba. Sí, mi lord, respondió Elenor recogiendo su maletín con manos que ahora temblaban por razones completamente diferentes a la nerviosidad.
Thompson apareció para escoltarla hacia la salida, pero antes de que Elenor saliera del estudio, James llamó su nombre. Señora Morrison. Ella se volvió. Sí, mi lord. Gracias por venir hoy, por la conversación. Elenor sonríó, una sonrisa pequeña pero genuina que iluminó su rostro. Gracias a usted, mi lord, por su amabilidad. Cuando Elenor finalmente salió de la mansión Ashford y caminó por las calles de Belgravia de regreso a White Chapel, su mente era un torbellino de emociones confusas.
Se repitió una y otra vez que no debía ilusionarse, que James Ashford era un conde y ella no era nadie, que probablemente él era simplemente un hombre amable que se aburría. y encontraba entretenida su conversación. Pero su corazón, ese órgano traicionero, no quería escuchar a la razón. Su corazón recordaba la manera en que James la había mirado, la manera en que había escuchado cada palabra que decía, como si fuera la cosa más importante del mundo.
La manera en que sus ojos se habían iluminado cuando ella compartía una observación inteligente sobre un libro que ambos habían leído. “No seas tonta, Elenor”, se murmuró a sí misma. mientras caminaba por las calles heladas. Los hombres como él no se enamoran de mujeres como tú. Esto es solo trabajo, solo trabajo.
Pero incluso mientras se decía esto, sabía que estaba mintiendo. Lo que había comenzado en aquel estudio no era solo trabajo, era el principio de algo que podría destruirlos a ambos o salvarlos. Y mientras Eleanor Morrison cruzaba el umbral de su pequeña habitación en White Chapel, donde Lily la esperaba con su muñeca esperanza, no podía dejar de preguntarse cuál de las dos opciones sería qué sentimientos florecerán entre él James en sus próximos encuentros.
¿Podrá su conexión sobrevivir las barreras de la clase social? ¿Y qué sucederá cuando la sociedad descubra su creciente cercanía? Descubre todo en la parte cuatro. Las semanas siguientes se convirtieron en los días más felices y atormentadores de la vida de James Ashford. Cada martes por la tarde, Eleanor llegaba a su mansión para las pruebas de los trajes y cada martes, James encontraba su corazón latiendo con una anticipación que no había sentido desde su juventud.
La primera prueba había sido casi dolorosa en su intimidad. Elenor había traído las piezas básicas del primer traje, la chaqueta apenas ensamblada con puntadas temporales y James había tenido que quedarse quieto mientras ella se movía a su alrededor, ajustando, alfilereando, asegurándose de que cada línea cayera perfectamente sobre su cuerpo.
El hombro necesita un poco más de estructura aquí”, había murmurado Elenor, más para sí misma que para él, mientras colocaba alfileres en la tela. Sus dedos rozaban ocasionalmente el hombro de James y cada toque era como una chispa eléctrica. “La cintura está demasiado suelta. Necesito ajustarla 2 cm.” Había rodeado su cintura con la cinta métrica, tan cerca de él que James podía contar las pecas apenas visibles sobre su nariz.
Pero lo más tortuoso había sido cuando Elenor necesitó ajustar el largo de los pantalones. Se había arrodillado frente a él, completamente concentrada en su trabajo, sin darse cuenta del efecto devastador que su proximidad tenía sobre James, verla arrodillada así, con su cabello recogido, excepto por algunos mechones rebeldes que enmarcaban su rostro, sus manos hábiles trabajando con precisión experta.
James había tenido que ejercer todo su autocontrol para no alcanzarla y tirar de ella hacia arriba, hacia sus brazos. Pero más allá de la tortura física de su cercanía, eran las conversaciones lo que realmente estaba destruyendo las defensas de James. Después de cada prueba, sin falta, él la invitaba a tomar té y sin falta ella aceptaba. Y hablaban Dios, ¿cómo hablaban? Hablaban de todo y nada, de filosofía y de trivialidades cotidianas, de sus sueños pasados y esperanzas futuras.
James le contó sobre la pérdida de sus padres y su hermana, sobre la soledad de su título, sobre cómo a veces sentía que estaba actuando un papel en lugar de vivir una vida real. Elenor compartió más sobre su matrimonio con Thomas, sobre la felicidad simple que habían compartido, sobre cómo a veces se sentía culpable de que Thomas hubiera muerto mientras ella seguía viva sobre sus temores de no ser suficiente para Lily.
“Eres más que suficiente”, le había dicho James con vehemencia durante una de estas conversaciones. Lily tiene una madre que haría cualquier cosa por ella, que trabaja hasta que sus manos sangran para darle una vida mejor. tiene amor, que es más de lo que muchos niños de familias ricas pueden decir. Elenor lo había mirado con lágrimas en los ojos. Gracias por decir eso.
A veces, a veces me pregunto si soy egoísta por haber traído un hijo a este mundo cuando sabía que no podía darle las cosas materiales que otras niñas tienen. El amor no es egoísmo, había respondido James suavemente. Y las cosas materiales no hacen la felicidad. Yo tengo todo lo que el dinero puede comprar y he sido profundamente infeliz años.
Tu hija tiene algo infinitamente más valioso. Tiene a ti. Estos momentos de intimidad emocional se estaban volviendo más frecuentes y más intensos con cada visita. James se descubrió esperando los martes como un niño espera la Navidad. Se descubrió pensando en cosas que quería compartir con Elenor, libros que quería recomendarle, pensamientos que quería discutir con ella.
Se descubrió soñando con ella por las noches no solo sueños físicos, aunque esos también existían, sino sueños de una vida compartida, de conversaciones junto al fuego, de despertar cada mañana junto a ella. Eleanor, por su parte, estaba igualmente atrapada en la magia creciente entre ellos. Aunque luchaba contra sus sentimientos con más determinación que James. Ella sabía que esto no tenía futuro.
Ella sabía que un conde no se casaba con una costurera viuda de White Chapel. Ella sabía que estaba jugando con fuego, pero no podía detenerse. Cada martes se vestía con su mejor ropa, se peinaba con cuidado extra y caminaba las millas desde White Chapel hasta Belgravia con el corazón cantando de anticipación.
Cada martes se prometía a sí misma que mantendría las cosas estrictamente profesionales y cada martes fallaba miserablemente. Una tarde de principios de marzo algo cambió definitivamente. Elenor había terminado la segunda prueba del último traje y estaba empacando sus cosas cuando comenzó a nevar fuertemente afuera. James miró por la ventana con preocupación.
“No puede caminar de regreso a White Chapel con este clima”, dijo con firmeza. Permítame ordenar que la lleven en carruaje, mi lord. No puedo aceptar, comenzó Elenor automáticamente. Por favor, la interrumpió James. Y había algo en su voz, una nota de súplica genuina que hizo que Elenor se detuviera. Me preocuparía toda la noche pensando en usted caminando en la nieve.
Por favor, permítame hacer esto. Elenor asintió lentamente, conmovida por su preocupación. Está bien, gracias, mi lord. James ordenó a Thompson que preparara el carruaje, pero cuando le informaron que llevaría al menos 20 minutos, debido a que los caballos necesitaban ser enganchados y el camino estaba particularmente helado, James tomó una decisión impulsiva.
“Venga conmigo”, le dijo a Elenor. “Quiero mostrarle algo mientras esperamos.” Intrigada y un poco nerviosa, Elanor lo siguió fuera del estudio a través de pasillos que aún no había explorado hasta llegar a una puerta doble de madera tallada. James la abrió con una reverencia teatral. La sala de música anunció. Eleanor entró y dejó escapar un suspiro de asombro.
La habitación era hermosa, con ventanas altas que llegaban hasta el techo, paredes pintadas en un suave azul pálido y en el centro, dominando el espacio, había un piano de cola magnífico, su superficie de ébano brillante, reflejando la luz de las lámparas. “Es hermoso”, susurró Elenor, acercándose al instrumento con reverencia. “¿Tocará algo para mí?”, preguntó James.
Elenor se volvió hacia él, sacudiendo la cabeza. Oh, mi lord, no he tocado en años. He olvidado. No lo ha olvidado. Dijo James suavemente acercándose a ella. Nadie olvida realmente. Está en sus dedos, en su memoria muscular. Por favor, me encantaría escucharla tocar. Eleanor miró el piano, luego a James, luego de vuelta al piano.
Lentamente, casi temerosa, se sentó en el banco. Sus dedos temblaron ligeramente mientras los colocaba sobre las teclas. cerró los ojos, respiró profundamente y comenzó a tocar. Las notas fluyeron suavemente al principio, vacilantes, como si estuviera redescubriendo un idioma olvidado. Pero gradualmente, a medida que la música despertaba recuerdos dormidos, su toque se volvió más seguro, más fluido.
Tocó una pieza de Chopen, un nocturno que había amado en su juventud, y la melancolía de la música llenó la habitación como una presencia física. James se quedó inmóvil, completamente cautivado. No era solo la música, aunque Elinor tocaba con una emoción y sensibilidad que él raramente había escuchado incluso en pianistas profesionales, era verla así, perdida en la música, con su rostro transformado por la emoción, con lágrimas corriendo silenciosamente por sus mejillas mientras tocaba.
Era la belleza pura de ese momento de esta mujer extraordinaria revelando otra capa de su alma. Cuando la última nota se desvaneció en el silencio, Elenor permaneció sentada con los ojos cerrados, sus manos aún sobre las teclas. Luego abrió los ojos y se limpió las lágrimas con el dorso de la mano algo avergonzada.
“Perdón”, murmuró. “No pretendía. Es solo que hacía tanto tiempo, James cruzó la habitación en tres pasos rápidos. y se arrodilló junto al banco del piano, tomando las manos de Elenor entre las suyas. No se disculpe, eso fue hermoso. Fue Buscó las palabras correctas y no pudo encontrarlas. fue perfecto.
Elenor lo miró consciente de que estaban demasiado cerca, de que él estaba sosteniendo sus manos, de que esto cruzaba todas las líneas de lo apropiado. Debía alejarse, debía romper este momento antes de que fuera demasiado lejos. Pero no podía moverse, no podía apartar la mirada de esos ojos azules que la miraban con una intensidad que hacía que su corazón la diera dolorosamente rápido.
James susurró usando su nombre propio por primera vez, y el sonido de su nombre en sus labios fue como un grito de guerra para algo que había estado construyéndose durante semanas. James se inclinó hacia adelante lentamente, dándole tiempo para alejarse si quería. Pero Elenor no se movió. En cambio, también se inclinó hacia adelante, cerrando el espacio entre ellos, hasta que sus labios se encontraron en un beso que fue como encender una mecha. El beso comenzó suavemente, casi tímido.
Una pregunta más que una afirmación, pero cuando Elenor respondió, cuando sus labios se movieron contra los de James con el mismo anhelo que él sentía, algo se rompió dentro de ambos. James profundizó el beso, sus manos moviéndose para enmarcar el rostro de Eleenor, y ella respondió envolviendo sus brazos alrededor de su cuello, acercándolo más.
Fue un beso que contenía semanas de tensión reprimida. de atracción negada, de deseo sofocado. Fue un beso que decía todas las cosas que no habían podido decirse con palabras. Fue un beso que cambió todo. Cuando finalmente se separaron, ambos estaban sin aliento. James apoyó su frente contra la de Elenor. Sus ojos aún cerrados.
Elenor, susurró y su voz estaba ronca con emoción. Dios, Eleanor, he estado queriendo hacer eso desde el primer momento en que te vi. El primer momento? Preguntó Elenor confundida, pero solo nos conocemos desde hace. Entonces James supo que tenía que decírselo. No podía continuar con esta mentira por omisión. Ella merecía saber la verdad.
Se apartó ligeramente, aunque no soltó sus manos. Elenor, tengo que confesarte algo, algo que probablemente te enojará, pero no puedo seguir guardando este secreto. Elenor sintió un frío repentino en su estómago. ¿Qué es? Nos conocimos hace mucho más que unas semanas”, comenzó James, las palabras saliendo en un torrente. “Te vi por primera vez la víspera de Navidad hace tres meses.
Estabas con Lily frente a la vitrina de Harolds. La escuché pedir la muñeca. Te escuché decirle que no tenían dinero y yo, algo en esa escena me atravesó el corazón. La seguí hasta tu casa. Fui yo quien envió los regalos de Navidad. Fui yo quien arregló los trabajos de costura. Todo fue yo. Elenor se había puesto pálida.
Se levantó del banco del piano, alejándose de James como si hubiera sido quemada. ¿Qué? Su voz era apenas un susurro, pero contenía una mezcla de shock, traición y rabia creciente. Me has estado espiando todo este tiempo. Todo esto, los trabajos, los clientes, incluso, incluso este trabajo contigo, todo fue una mentira. No fue una mentira, protestó James, poniéndose de pie. También los sentimientos no fueron mentira.
Elenor, te amo. Me enamoré de ti esa noche en la nieve y todo lo que he hecho desde entonces ha sido porque quería conocerte. Quería estar cerca de ti. ¿Me amas? Ele rió, pero era una risa amarga. Sin humor. No me conoces.
¿Cómo puedes amarme? ¿Has estado jugando un juego? Observándome como como un experimento científico o un proyecto de caridad. ¿No es así? insistió James acercándose a ella, pero Elenor retrocedió. Elenor, por favor, déjame explicar. Explicar qué Elenor sentía lágrimas de humillación y rabia quemando sus ojos. explicar cómo te has divertido jugando con la pobre costurera, cómo has manipulado mi vida durante meses.
Pensé pensé que había conseguido esos trabajos por mi propio mérito, que finalmente mi suerte estaba cambiando. Tu suerte, sí, está cambiando, dijo James con urgencia. Elenor, sé que esto comenzó de manera poco convencional, pero mis sentimientos son reales. Te amo. Quiero que estés en mi vida. Quiero. ¿Qué quieres, James? Lo interrumpió Elenor. Su voz ahora fría.
¿Quieres que sea tu amante? ¿Tu entretenimiento secreto mientras te casas con alguna dama apropiada de tu clase? Porque ambos sabemos que un conde no puede casarse con una costurera viuda de White Chapel. ¿Y por qué no? Explotó James su propia frustración, finalmente saliendo a la superficie. ¿Quién dice que no puedo? La sociedad.
Las reglas arbitrarias de una clase social que valora títulos y fortunas sobre carácter y amor genuino. Elenor lo miró con asombro. “Estás Estás diciendo que querrías. Quiero casarme contigo”, dijo James. Y ahora que las palabras estaban fuera, no podía detenerlas. “Quiero que seas mi esposa, la condesa de Whitmore, quiero adoptar a Lily como mi hija. Quiero construir una vida contigo, una vida real.
No la existencia vacía que he estado viviendo. Eleanor sintió que sus piernas se debilitaban. Tuvo que agarrarse del respaldo de una silla para mantenerse de pie. ¿Estás loco? El escándalo te destruiría. Tu familia, tu posición social. No me importa, dijo James con feroz determinación. No me importa nada de eso, Elenor.
He vivido 32 años cumpliendo con expectativas, siguiendo reglas, haciendo lo que se supone que debo hacer. He sido miserable. Tú me has hecho sentir vivo por primera vez en años. No voy a renunciar a eso. No voy a renunciar a ti. Pero Elenor estaba luchando con emociones conflictivas, esperanza, miedo, deseo y una parte persistente de sentido práctico que le gritaba que esto era imposible…