Cuando mi esposo se fue a un viaje de negocios, mi suegra reveló su verdadero carácter al obligarme a dormir en la sala. Esa misma noche, apareció la anciana soltera de la casa y me advirtió: “No duermas en esta habitación.” Inesperadamente, salió a la luz una verdad impactante que me hizo querer huir de ese lugar.
Cuando Miguel Santos arrastró su maleta hacia fuera del portón, el sonido de las ruedas deslizándose sobre el piso de baldosas de la vieja mansión en Quezon City sonó extrañamente seco.
Lia Dela Cruz estaba de pie en las escaleras, despidiéndose con la mano, el corazón pesado. Su esposo estaría en un viaje de negocios en Cebu durante una semana — el primero desde que se casaron. De repente, la casa de tres pisos de la familia de su esposo parecía más grande, demasiado fría, como si albergara un silencio espeso cuyo nombre ella no conocía.
Su suegra, la señora Rosa Santos, bajó desde arriba. Era pequeña, con el cabello atado con cuidado, y sus ojos afilados escondidos detrás de unas gafas antiguas.
—Por favor, mueve tus cosas a la sala —dijo sin mirarla—. Hay un problema con el agua en tu habitación y la de Miguel. Ya llamé a un plomero.
Lia se detuvo un instante.
—Sí, Nay… pero, ¿puedo dormir en el cuarto de repuesto en el tercer piso?
—Esa habitación es para almacenamiento. No es conveniente. Mejor duerme en la sala unos días.
Dicho eso, se dio vuelta. Lia quedó paralizada por la reacción.
LA PRIMERA NOCHE EN LA SALA
Esa noche, cuando la casa quedó en silencio, Lia extendió una delgada manta sobre el gran sofá de la sala. Afuera, el viento que venía desde el patio trasero agitaba los cocoteros, y las hojas susurraban como si contaran historias antiguas.
La sala era amplia y decorada al estilo clásico: gabinetes de madera marrón brillante, sillas de ratán, y en la pared principal colgaba un retrato.
Una joven, de rostro dulce, ojos tristes, con una leve sonrisa. Abajo, se leía:
Maria Clara – 1990–2019
Lia tembló ligeramente. Nunca había escuchado ese nombre dentro de la casa.
Se acostó, pero no conseguía dormir. Cerca de las dos de la madrugada, oyó un suave golpecito en la puerta:
—Ma’am Lia… ma’am…