Vuelve a casa. Finge que estás enferma. No subas a ese avión hoy. Esas fueron las palabras que una azafata desconocida me susurró. Puso un pequeño trozo de servilleta en mi mano. Yo estaba desconcertada porque me encontraba perfectamente. Pero ella volvió. Su rostro estaba pálido como un fantasma. Por favor, te lo ruego, confía en mí.
Aquella mañana, el aire en la terminal 4 del aeropuerto Adolfo Suárez, Madrid, Barajas, bullía con su energía habitual. Miles de personas se movían, cada una hacia su propio destino, arrastrando maletas, abrazando a sus familias, corriendo para un vuelo. En medio de ese caos, Carmen se sentó sintiendo una abrumadora alegría.
Se ajustó la impecable chaqueta de punto que hacía juego con su blusa azul pastel. A su lado estaba su marido, Javier. Este era un momento que había esperado durante mucho tiempo, un viaje de negocios junto a su esposo. Durante años, ambos habían trabajado duro en empresas diferentes, pero este gran proyecto de colaboración finalmente los había unido como un equipo.
Para Carmen, esto era la prueba de que no solo eran compañeros de vida, sino también socios profesionales en igualdad de condiciones. Javier le sonrió, pero Carmen pudo detectar una ligera tensión en la línea de su mandíbula. Este proyecto es realmente importante, ¿verdad, cariño? preguntó Carmen en voz baja, poniendo su mano sobre la de él.
Javier pareció sorprendido por un momento, luego asintió rápidamente. Por supuesto, lo decidirá todo. Lo sabes, ¿no? Se levantó de inmediato. Voy a por un café. ¿Quieres algo? Un bollo Carmen negó con la cabeza. Solo un café. No demasiado dulce como siempre. Javier intentó forzar una sonrisa más relajada.
le dio un beso rápido en la frente antes de darse la vuelta y caminar hacia una de las concurridas cafeterías. Carmen lo observó mientras se alejaba. Javier era un buen hombre, un marido que la apoyaba. Siempre había animado su carrera. Sin embargo, en las últimas semanas, Carmen había notado algo sutilmente diferente en él. Estaba más silencioso, más absorto en su teléfono. Carmen lo atribuyó todo a la presión de este gran proyecto. Era natural.
El proyecto valía millones de euros y sin duda definiría sus carreras. Carmen suspiró tratando de alejar esas dudas ridículas. No debía arruinar este momento con pensamientos negativos. Volvió a mirar sus maletas cuidadosamente alineadas. Imaginó lo divertido que sería explorar una nueva ciudad con Javier, trabajando codo con codo.
Pasaron 10 minutos y Carmen empezó a aburrirse un poco. Sacó su teléfono para revisar un último correo electrónico de trabajo antes del despegue. Todo parecía en orden. Fue entonces cuando lo sintió. Alguien estaba de pie demasiado cerca de ella. Ligeramente irritada, Carmen levantó la vista. Una mujer con uniforme de azafata estaba frente a ella.
Su rostro estaba pálido y sus ojos se movían nerviosamente, como si buscara a alguien entre la multitud. “Disculpe”, dijo la azafata. Su voz era apenas un susurro. “Sí”, respondió Carmen educadamente. Pensó que la mujer le preguntaría una dirección. La azafata no preguntó, en cambio dio un paso más cerca. de repente pareció tropezar con sus propios pies y chocó contra las rodillas de Carmen.
“¡Oh, lo siento, lo siento muchísimo”, dijo con voz nerviosa. “No pasa nada”, dijo Carmen, un poco confundida por la reacción exagerada de la mujer. “Pero la mujer no se fue de inmediato.” Se inclinó fingiendo arreglarse el uniforme. Sus ojos se encontraron con los de Carmen. En ellos había un pánico inmenso. “¿Es usted Carmen, verdad?”, susurró muy rápido.
Carmen se quedó helada. “Sí. Soy Carmen. ¿Qué ocurre? Con un movimiento muy rápido, la azafata tomó la mano de Carmen. La mano de la mujer estaba fría y temblorosa. Metió un pequeño trozo de servilleta doblada en la palma de Carmen y se la cerró a la fuerza. “Vuelve a casa”, susurró de nuevo sin aliento. “Finge que estás enferma. No subas a ese avión hoy.
Pase lo que pase, no subas.” Antes de que Carmen pudiera procesar las palabras, antes de que pudiera preguntar por qué, la azafata se enderezó, miró hacia la cafetería donde había ido Javier y su rostro se puso aún más pálido. “Por favor”, dijo casi en un gemido. Y tan rápido como había llegado, se dio la vuelta y desapareció entre el flujo de gente que se dirigía al control de seguridad. Carmen se quedó sentada, paralizada…….