Presté dinero a mis vecinos para construir su casa. Treinta y cinco años después, su hijo llamó a mi puerta para pagar la deuda..

 En cuanto mi padre abrió el sobre, rompió en llanto y salió corriendo hacia la casa…

Hace muchos años, cuando mi padre, Don Manuel Rodríguez, aún era joven, prestó una suma modesta de dinero a nuestro vecino Don Ignacio Herrera, en un pequeño pueblo cercano a San Miguel de Allende, Guanajuato. Don Ignacio quería construir una casa sencilla para su familia.

Pasaron treinta y cinco años. El tiempo borró recuerdos, y en nuestra familia dejamos de pensar en ese dinero. Para nosotros, nunca fue un préstamo: lo dimos como un acto de ayuda.


Hasta que una tarde fría de invierno, alguien tocó la puerta de nuestra casa de madera.

Al abrir, me encontré con un joven de unos treinta años. Se presentó con voz firme pero temblorosa:

Buenas tardes. Soy Javier Herrera, hijo de Don Ignacio. Mi padre me pidió que viniera antes de morir.

Sacó un sobre amarillo, un poco gastado, y se lo entregó a mi padre.

Esto es el dinero que mi padre le debía. Me pidió que se lo devolviera, sin falta.

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