Guanajuato, 1793 — La luna de miel en que él me quiso dócil… y no era humano

La luz dorada del atardecer entraba oblicua por las ventanas enrejadas de la casa colonial en Guanajuato, pintando sombras alargadas sobre los muros de adobe, que parecían absorber cada sonido, cada suspiro, cada latido acelerado. En aquella ciudad de plata y callejones empinados, donde las familias novoispanas mantenían sus secretos enterrados bajo generaciones de silencio respetable.

Beatriz de Sandoval había cruzado el umbral de su nueva vida matrimonial con la cabeza cubierta por un velo de encaje flamenco y el corazón contraído por una inquietud que no sabía nombrar. Su esposo, don Hernán Fuentes y Alcázar, hombre de 38 años, comerciante próspero de mineral de plata y heredero de dos haciendas en el Bajío, la había mirado durante toda la ceremonia nupsial con una intensidad que ella confundió con pasión, pero que sus tías habían observado con cierta rigidez en los labios, sin atreverse a pronunciar palabra alguna, que pudiera romper la

paz aparente de aquella unión conveniente y ventajosa para ambas familias.. La noche de bodas transcurrió en la alcoba principal, una habitación amplia con cortinajes pesados de terciopelo carmesí.

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y un crucifijo de ébano sobre la cabecera de la cama con dosel. Hernán no había sido violento ni apresurado, pero tampoco tierno. Sus manos recorrieron el cuerpo de Beatriz con la misma meticulosidad con que revisaba las cuentas de sus negocios, memorizando cada centímetro de piel, cada lunar, cada imperfección. Cuando ella cerró los ojos intentando escapar de aquella inspección silenciosa, él le susurró al oído, con voz suave, pero firme, que lo mirara, que no debía ocultar nada, que ahora le pertenecía por completo y que necesitaba conocer cada secreto de su ser. Beatriz

abrió los ojos y encontró en la mirada de su esposo algo que la heló. No era lujuria ni amor, sino posesión absoluta, como si ella fuera una propiedad recién adquirida, cuyo valor debía catalogarse exhaustivamente. Los primeros días de su luna de miel transcurrieron en aquella casa de dos pisos, con patio interior y fuente de cantera rosa, aislada del mundo exterior por decisión de Hernán.

Él había suspendido todos sus compromisos comerciales para dedicarse enteramente a ella. Decía, para enseñarle cómo debía comportarse como su esposa, cómo debía vestirse, hablar, caminar, sonreír. Cada mañana Beatriz despertaba con el sol apenas asomándose entre las montañas que rodeaban la ciudad minera, y encontraba a Hernán ya despierto, sentado en una silla junto a la cama.

observándola dormir. Al principio ella intentó sonreír ante este gesto que él presentaba como prueba de devoción, pero pronto comprendió que aquellos ojos no parpadeaban durante horas, que su esposo permanecía inmóvil en la penumbra del amanecer, vigilando cada uno de sus movimientos inconscientes, cada suspiro, cada cambio de postura.

La servidumbre de la casa consistía únicamente en refugio, una mujer zapoteca de mediana edad que había servido a las familias y fuentes durante décadas. y Damián, un hombre joven y callado que atendía las caballerizas y los jardines. Beatriz intentó conversar con refugio durante los primeros días, buscando algo de compañía femenina en aquel encierro dorado, pero la criada respondía con monosílabos y evitaba sostenerle la mirada como si tuviera miedo de ser descubierta en alguna falta imperdonable. Una tarde, mientras Hernán

revisaba correspondencia en su despacho, Beatriz encontró a refugio llorando silenciosamente en la cocina. Al preguntarle qué le ocurría, la mujer se secó las lágrimas apresuradamente y murmuró, “Perdóneme, señora, no debería. Es solo que hacía tanto tiempo que no veía a otra mujer en esta casa.” Antes de que Beatriz pudiera indagar más, Hernán apareció en el umbral con una sonrisa cordial y le pidió a su esposa que lo acompañara al jardín, donde las bugambilias florecían con exuberancia casi obscena.

En el jardín, bajo el calor aplastante del mediodía guanajuatense, Hernán tomó las manos de Beatriz entre las suyas y le explicó con calma que no debía malgastar su tiempo conversando con la servidumbre, que su lugar estaba junto a él, que una esposa virtuosa no necesitaba otras compañías más allá de la de su marido.

Beatriz asintió sintiendo como el corsé de su vestido le comprimía las costillas hasta casi impedirle respirar. Hernán le acarició la mejilla con ternura y añadió que había notado cierta inquietud en ella, cierta resistencia a aceptar plenamente su rol y que eso debía corregirse con paciencia y dedicación. Él la amaba, insistió más de lo que ningún hombre había amado jamás a una mujer, con una pasión que trascendía lo ordinario, lo común, lo mundano.

Su amor era total, explicó, y por lo tanto exigía totalidad a cambio. Cada pensamiento de ella debía estar dedicado a él. Cada movimiento debía realizarse con la intención de complacerlo. Cada aliento debía ser una ofrenda de gratitud por el privilegio de ser su esposa. Por las noches, después de cenar en el comedor silencioso, donde el único sonido era el tintineo de la plata contra la porcelana, Hernán le leía a Beatriz pasajes de textos moralizantes sobre las virtudes de la esposa perfecta, sobre la obediencia como expresión suprema del amor

conyugal, sobre la necesidad de aniquilar la voluntad propia para fundirse completamente con la del esposo. Ella escuchaba con las manos cruzadas sobre el regazo, sintiendo como cada palabra caía sobre su espíritu como gota de plomo derretido. Cuando él terminaba de leer, le pedía que repitiera los pasajes más importantes, que los memorizara, que los incorporara a su ser hasta convertirlos en naturaleza.

Beatriz obedecía con voz cada vez más apagada, mientras notaba como en los ojos de Hernán brillaba una satisfacción casi febril, cada vez que ella recitaba sin error las lecciones aprendidas. Una madrugada, Beatriz despertó sobresaltada por una pesadilla en la que se veía a sí misma encerrada en un ataú de cristal, todavía viva, pero incapaz de moverse o gritar.

Al abrir los ojos, encontró a Hernán de pie junto a la cama, completamente inmóvil, observándola con expresión impenetrable. “¿Qué soñabas?”, preguntó él con suavidad. Beatriz, todavía aturdida, comenzó a explicarle la pesadilla, pero se detuvo a mitad de frase al comprender que estaba revelando demasiado, que estaba entregando un fragmento de su mundo interior, que debería permanecer privado. Ya era tarde.

Hernán se sentó en el borde de la cama y le pidió que continuara, que le contara cada detalle del sueño, cada sensación, cada emoción. durante más de una hora la interrogó sobre el contenido de su pesadilla, tomando nota mental de cada elemento, interpretando cada símbolo como si fuera un código secreto que debía descifrar para acceder a las profundidades más ocultas de su esposa.

Las semanas siguientes, Hernán comenzó a despertarla periódicamente durante la noche para preguntarle qué había soñado. Si ella decía que no recordaba, él insistía con paciencia infinita, sugiriendo imágenes, proponiendo escenarios, hasta que Beatriz, exhausta y confundida, terminaba por aceptar alguna de sus sugerencias como si fuera memoria real.

Luego él analizaba estos sueños fabricados con la misma intensidad, buscando en ellos pruebas de pensamientos inadecuados, de deseos ocultos, de resistencias subconscientes a su autoridad amorosa. Beatriz comenzó a temer dormirse, sabiendo que cada hora de descanso sería interrumpida por el escrutinio implacable de su esposo.

Las ojeras aparecieron bajo sus ojos como sombras moradas y su rostro adquirió una palidez cerosa que Hernán atribuyó a la delicadeza natural de su constitución femenina. Durante el día, Hernán había implementado un sistema de acompañamiento constante. Beatriz no podía ir de una habitación a otra sin que él la siguiera o sin que le pidiera permiso explícito.

Si necesitaba usar la letrina, debía anunciarlo y esperar su aprobación. Cuando se vestía, él elegía cada prenda, cada accesorio, cada peineta y cada listón, explicando que como mujer casada ya no podía confiar en su propio criterio para asuntos de apariencia, pues su belleza le pertenecía a él y debía ser administrada según su voluntad.

Beatriz intentó una vez protestar suavemente, sugerir que tal vez era excesivo tanto control, pero Hernán respondió con lágrimas en los ojos, acusándola de no valorar la profundidad de su amor, de no comprender que cada una de estas atenciones era prueba de un cariño que sobrepasaba lo humano en su intensidad y dedicación.

La frase resonó en la mente de Beatriz durante días, un amor que sobrepasaba lo humano. Ella había sido educada para creer que el matrimonio era un sacramento sagrado, que el amor conyugal era la manifestación terrenal del amor divino, pero lo que experimentaba en aquella casa no se parecía a nada de lo que le habían enseñado.

No había gozo ni ternura genuina, sino vigilancia perpetua disfrazada de devoción. No había compañerismo, sino subordinación absoluta presentada como armonía matrimonial. Beatriz comenzó a sentir que se estaba disolviendo, que su identidad se fragmentaba poco a poco bajo la presión constante de aquella atención asfixiante.

Cuando se miraba al espejo, a veces tardaba unos segundos en reconocer su propio rostro, como si la mujer que le devolvía la mirada fuera una extraña que habitaba su cuerpo. Una tarde sofocante de julio, mientras las campanas de la parroquia distante marcaban las tres, llegó a la casa una visita inesperada.

Doña Josefa de Sandoval, tía de Beatriz, quien había viajado desde la Ciudad de México para conocer la nueva residencia de su sobrina. Hernán recibió a la anciana con cortesía impecable, ofreciéndole chocolate espumoso y bizcochos de almendra en la sala principal, decorada con retratos de antepasados severos.

Doña Josefa, mujer perspicaz, que había sobrevivido a tres maridos y conocía bien los matices del poder masculino, observó a Beatriz con ojo clínico. La joven vestida con un traje de seda azul oscuro que parecía demasiado pesado para el clima, apenas pronunció palabra durante la visita, limitándose a asentir cuando Hernán respondía las preguntas que su tía le dirigía directamente a ella.

Cuando doña Josefa solicitó un momento a solas con su sobrina para conversar de asuntos femeninos, Hernán dudó visiblemente antes de acceder. Pero las convenciones sociales lo obligaron a retirarse con una inclinación de cabeza. Apenas quedaron solas. La anciana tomó las manos de Beatriz y le preguntó en voz baja si todo estaba bien, si su esposo la trataba con respeto, si había algo que deseara confiar.

Beatriz abrió la boca para hablar. sintió las palabras agolparse en su garganta, como pájaros desesperados buscando escape, pero luego notó que Hernán no había cerrado completamente la puerta del despacho contiguo, que probablemente estaba escuchando cada palabra. La certeza de su presencia invisible, pero omnipresente la paralizó.

Con una sonrisa forzada, Beatriz aseguró a su tía que era muy feliz, que Hernán era el esposo más atento que pudiera imaginarse, que cada día descubría nuevas profundidades en su amor por ella. Doña Josefa no pareció convencida, pero tampoco insistió. Antes de partir, mientras Hernán ordenaba que prepararan su carruaje, la anciana le susurró a Beatriz que conservara siempre algo para sí misma, algún rincón secreto de su alma donde ningún hombre pudiera entrar, porque sin ese espacio íntimo e inviolable, una mujer dejaba de existir.

Las palabras quedaron flotando en el aire caliente de la tarde como semillas que caen en tierra estéril. Después de que el carruaje desapareció calle abajo, Hernán cerró la puerta principal con llave, se volvió hacia Beatriz y le preguntó qué le había dicho exactamente su tía durante esos minutos a solas.

Beatriz repitió la conversación palabra por palabra, omitiendo únicamente la última confidencia susurrada. Hernán la observó largamente, como si pudiera leer en sus facciones las omisiones y los silencios antes de sonreír y besarle la frente con ternura gélida. Aquella noche, Hernán modificó su rutina habitual. En lugar de leerle pasajes moralizantes, le pidió a Beatriz que se arrodillara frente a él y le confesara todos sus pensamientos durante la visita de su tía.

todo lo que había sentido, todo lo que había deseado decir, pero no dijo. La interrogación se extendió durante horas con Hernán, reformulando las mismas preguntas una y otra vez, desde ángulos ligeramente diferentes, buscando inconsistencias, detectando mentiras, exigiendo una honestidad que trascendiera las palabras y se convirtiera en transparencia absoluta.

Beatriz, con las rodillas doloridas contra las baldosas frías, comenzó a confundir verdad y ficción, a dudar de sus propios recuerdos, a preguntarse si realmente había pensado ciertas cosas o si su esposo las había implantado en su mente mediante la fuerza de su interrogatorio incansable. Cuando finalmente Hernán consideró que había extraído toda la verdad posible, ayudó a Beatriz a levantarse y la condujo a la alcoba.

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