La nuera durmió hasta las 10 en casa de sus suegros. La suegra levantó un palo para golpearla, pero se quedó atónita al verla en la cama…

La nuera durmió hasta las 10 en casa de sus suegros. La suegra levantó un palo para golpearla, pero se quedó atónita al verla en la cama…
La matriarca, Doña Elena, no había pegado un ojo. La gran fiesta de bodas de su único hijo varón, Mateo, con la dulce pero aún desconocida Sofía, había terminado en la madrugada. La casa estaba patas arriba, impregnada del olor a comida, licor y el sudor de cien parientes bailando cumbia hasta el amanecer.
A pesar de que sus huesos clamaban descanso, a las 5 de la mañana Doña Elena ya estaba en pie, escoba en mano. Para ella, una casa sucia era un pecado mortal. Eran las 10 de la mañana, el sol del trópico ya calentaba con fuerza, y del piso de arriba, donde yacían los recién casados, no salía ni un suspiro.
La sangre de Doña Elena comenzó a hervir. Se plantó al pie de la escalera de madera y gritó con esa voz de trueno que hacía temblar a sus nietos:
—¡Sofía! ¡Mateo! ¡Ya es hora! ¡Bajen a ayudar que esto no es un hotel!
Silencio. El calor y la ira le subían por el cuello.
—¡Miren que soy vieja pero no tonta! ¡Arriba esas nalgas! —volvió a vociferar, golpeando la baranda.
Nada. Ni un crujido.
La indignación la cegó. ¿Qué clase de nuera era esta? ¿Recién llegada y ya dándose aires de reina, durmiendo hasta el mediodía mientras su suegra se partía el lomo? Agotada, sudorosa y con la paciencia rota, Doña Elena marchó a la cocina. Sus ojos se posaron en el viejo palo de escoba de madera maciza que guardaba detrás de la puerta. Lo empuñó como una espada vengadora.
—¡Ahora van a ver quién manda en esta casa! —masculló, subiendo los escalones de dos en dos, jadeando, con el corazón martilleando en sus sienes. Iba dispuesta a sacarlos de la cama a palazos si era necesario. Una lección que esa muchachita no olvidaría jamás.
Irrumpió en la habitación sin tocar. El aire estaba viciado, caliente.
—¡Pero qué vergüenza es es…! —El grito se le murió en la garganta.
Sus ojos se desorbitaron. El palo de escoba se le resbaló de las manos sudorosas y golpeó el suelo con un estruendo seco. Doña Elena se llevó las manos a la boca, ahogando un grito de puro terror.
La cama matrimonial era una escena salida del mismo infierno. No había solo desorden. Las sábanas blancas de hilo egipcio, su regalo de bodas más preciado, estaban cubiertas de manchas oscuras, rojas y extensas, que parecían sangre coagulada. Y por todas partes, como nieve en un campo de batalla, había plumas blancas esparcidas, pegadas a las manchas húmedas. ¡Parecía que hubieran degollado a alguien!..

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