Decidí salvar a una giganta embarazada que encontré en la isla. 7 días después, me di cuenta que…

Decidí salvar a una giganta embarazada que encontré en la isla. 7 días después, me di cuenta que…
El primer día en aquella isla remota comenzó con un silencio tan profundo que sentí que incluso mis pensamientos resonaban contra las palmeras.
Creí que estaba solo.
Creí que aquello sería apenas una misión de supervivencia, una historia exagerada que algún día contaría frente a una fogata.
Pero nada me preparó para lo que vi al amanecer del tercer día.
La encontré tendida entre rocas volcánicas, como si el mar la hubiese dejado a mis pies después de una tormenta que yo no había visto.
Era una mujer gigantesca.
Su piel tenía un brillo suave, como arena clara recién mojada por la marea. Su cabello, largo como un río dorado, estaba enredado entre ramas y restos de algas. Vestía una túnica azul rasgada, adornada con bordados que parecían estrellas marinas estilizadas.
Y lo más impactante: estaba embarazada.
Medía al menos diez metros de altura.
Y sin embargo respiraba con una fragilidad que rompía cualquier idea de poder o invulnerabilidad.
Su pecho tembló con un gemido profundo, como el eco de un trueno lejano.
—¿Estás… viva? —pregunté, aunque mi voz apenas fue un susurro tembloroso.
Sus ojos se abrieron.
Eran inmensos. Azules como la luz que se esconde bajo las olas. Me miraron… y sentí que estaba frente a algo antiguo y bondadoso. Algo que no pertenecía del todo al mundo humano.
—Agua… —murmuró.
Su voz vibró en el aire como una resonancia natural del océano.
Corrí por la costa buscando cocos. Le llevé la fruta abierta. Cada trago que daba parecía devolverle un poco de vida.
Pasé horas liberando su cabello de las ramas, acomodando arena bajo su cuerpo, improvisando sombra con hojas gigantes.

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