SEÑOR, MI HIJO TIENE HAMBRE”, DIJO LA VIUDA AL HOMBRE EN EL CABALLO.. ERA JESÚS Y LO CAMBIÓ…

SEÑOR, MI HIJO TIENE HAMBRE”, DIJO LA VIUDA AL HOMBRE EN EL CABALLO.. ERA JESÚS Y LO CAMBIÓ…

El sol de la sierra mixteca caía a plomo sobre San Mateo Peñasco, como si quisiera aplastar cada esperanza que se atreviera a levantar la cabeza. A esas horas, el pueblo olía a tierra caliente, a maíz molido y a cansancio antiguo. En una casita de adobe, en una ladera polvorienta, Alma Ruiz se inclinaba sobre el petate donde su hijo Emiliano de siete años tosía hasta doblarse en dos.

La tos del niño era seca, profunda, como piedras raspando metal. Llevaba semanas así. Alma le frotó el pecho con lo poco que quedaba de ungüento, mientras sus labios repetían una oración gastada de tanto usarla.

—Dios mío… sana a mi niño. Tú que eres médico divino, tócalo con tu mano poderosa —susurró, sintiendo cómo, pese a sus palabras, el miedo le trepaba por la garganta.

La casa era más refugio que hogar: dos cuartos de adobe con grietas por donde se colaba el frío de la noche, techo de lámina que sonaba a guerra cuando llovía y piso de tierra apisonada que Alma barría tres veces al día, como si con cada escoba pudiera barrer también la miseria. En la pared, una imagen descolorida del Sagrado Corazón de Jesús presidía el cuarto, con una veladora encendida que ella mantenía aunque tuviera que reducir la comida para comprar velas.

—Mamá, me duele aquí —dijo Emiliano, señalándose el pecho.

Alma sintió que algo dentro de ella se rompía otra vez.

—Ya sé, mi cielo. Hoy voy a cobrar en el molino, ¿sí? Con eso compramos tu jarabe. Te vas a poner fuerte como un guerrero mixteco —prometió, obligándose a sonreír.

El niño la miró con esa fe ciega que sólo tienen los hijos cuando todavía creen que sus madres lo pueden todo. No sabía que llevaban dos semanas sin recibir el pago completo, que don Esteban, dueño del molino “La Esperanza” y cacique del pueblo, le daba menos de lo acordado “porque los tiempos están difíciles”, mientras estrenaba camioneta cada año.

Alma calentó dos tortillas duras del día anterior y sirvió café aguado.

—Come, mi amor —dijo, aunque sabía que no era suficiente.

Emiliano masticó despacio, mirándola fijamente.

—Ya no hay más, ¿verdad, mamá?

Ella tragó saliva.

—Hoy traigo más, te lo prometo.

Sabía que las promesas de los pobres pesaban como piedras en el estómago. Aun así, se amarró el rebozo negro que había heredado de su madre, tomó la mano de su hijo y salió rumbo al molino. Cada veinte pasos, Emiliano se detenía a toser, apoyando la frente en el costado de su madre, que lo sostenía con paciencia desesperada.

El molino se levantaba en las afueras del pueblo, un edificio amarillo deslavado, rugiendo por dentro con el sonido de las máquinas triturando maíz. Ese ruido había sido la banda sonora de la vida de Alma desde que su esposo Ramiro murió en un accidente en la cantera, cinco años atrás. Desde entonces, ella había cargado sola con la casa, con la pena y con ese niño de ojos demasiado grandes para tanta tristeza.

—Buenos días, doña Alma —la saludó María, la otra trabajadora del molino, una mujer de manos ásperas y rostro curtido por el sol.

—Buenos días, María. ¿Está don Esteban? Venía por mi pago.

María bajó la mirada. No hizo falta que dijera nada. Los pobres sabían leer desgracias en el aire.

—Está en la oficina. Quiere hablar con usted.

Alma dejó a Emiliano sentado en un banco, le acarició el cabello sudado y entró a la oficina con el estómago hecho nudo. Don Esteban la esperaba detrás de un escritorio de madera barnizada. A un lado estaba Rigoberto, su cuñado, dueño de la tienda más grande del pueblo.

—Siéntate, Alma —dijo el cacique, sin mirarla.

Ella respiró hondo.

—Vengo por mi pago, don Esteban. Ya son dos semanas.

—De eso quiero hablar —respondió él, alzando por fin la vista, con unos ojos pequeños llenos de una crueldad tranquila—. Ya no necesitamos tus servicios en el molino. Estás despedida.

Las palabras le cayeron encima como un derrumbe. Alma alcanzó a balbucear:

—Pero… mi hijo está enfermo, yo…

—Tu situación personal no es mi problema —cortó él—. Vas muy lento, faltas para cuidar al escuincle, y aquí necesito gente que trabaje de verdad, no madres solteras que vengan a hacer el favor.

—Soy viuda —corrigió Alma con voz quebrada—. Y aunque fuera…

Rigoberto se inclinó hacia adelante, con una sonrisa torcida.

—Además, me debes 750 pesos en la tienda.

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