al hombre de la imagen: Alejandro.
Pero no era el Alejandro del traje impecable ni de la sonrisa pulida que yo conocía. En la fotografía estaba sentado en un bar oscuro, iluminado por luces rojas y moradas, con un brazo rodeando los hombros de una mujer desconocida vestida con un ajustado vestido de noche. Ella apoyaba la cabeza en su hombro. Alejandro sonreía con una expresión arrogante, altiva, una sonrisa ladeada que yo nunca le había visto. A su alrededor había varios hombres tatuados, con gruesas cadenas de plata en el cuello y una mirada insolente clavada en la cámara.
Las manos me empezaron a temblar.
Le di la vuelta a la foto. No había nada escrito detrás. Pero dentro del sobre también venía un pequeño trozo de papel arrancado apresuradamente de una libreta. En él solo había una frase, escrita con tinta negra y letra descuidada:
“Él no es quien tú crees.”
Me dejé caer en la silla.
Todo el apartamento parecía haberse quedado sin aire.
Llevaba más de tres años con Alejandro. Tres años eran suficientes para creer que lo conocía. Era atento, elegante, amable al hablar; siempre recordaba qué flores me gustaban, qué perfume detestaba, incluso sabía que cuando me ponía nerviosa me mordía el labio hasta lastimarme. Había aparecido en mi vida justo en el momento en que yo era más vulnerable, y poco a poco se había convertido en la persona de la que dependía más que de mí misma.
En esos tres años jamás lo había visto como en aquella foto.
Esa noche reuní todo mi valor y le pregunté directamente.
Alejandro estaba sentado en la cocina, sirviéndose un vaso de tequila, cuando dejé la fotografía frente a él.
—¿Hay algo que me estés ocultando? —pregunté con la voz temblorosa—. ¿Has estado con otra mujer?
Alejandro miró la foto durante exactamente dos segundos.
Solo dos.
Luego soltó una risa desdeñosa.
—¿De dónde sacaste esto?
—Eso no importa. Solo quiero saber si es verdad.
Se recostó en la silla y negó con la cabeza como si yo acabara de hacer una pregunta infantil.
—Camila, estás a punto de casarte. Este es el momento de confiar en mí, no de prestar atención a tonterías inventadas por cualquiera. ¿Qué puede probar una sola foto? Tal vez es vieja. Tal vez era una fiesta con amigos. Tal vez alguien quiere hacerme daño.
—¿Y quién es esa mujer?
—No lo recuerdo —respondió enseguida, demasiado rápido—. No empieces a imaginar cosas.
Después se puso de pie y vino a abrazarme.
Pero, por extraño que pareciera, aquel abrazo no me consoló como antes. Me asfixió. Me hizo recordar la manera en que Diego se había inclinado hacia mí, la forma en que bajó la voz como si estuviera arriesgándolo todo para advertirme.
A la mañana siguiente volví a escribirle a Diego. Esta vez respondió después de casi una hora:
“Cinco de la tarde. Café en la calle Libertad. Ven sola.”
Llegué diez minutos antes.
El café era pequeño y tranquilo, en una calle discreta del centro de Guadalajara, con paredes color tierra y macetas de cactus junto a la ventana. Diego ya estaba sentado al fondo. Llevaba una camisa vaquera gastada y tenía frente a él una taza de café negro casi intacta.
Cuando me vio entrar, lanzó una mirada alrededor para asegurarse de que realmente iba sola. Solo cuando me senté frente a él pareció exhalar con alivio.
Se veía más cansado que el día de la sesión. Tenía ojeras profundas, los pómulos marcados, pero los ojos seguían brillando con una tensión contenida.
Yo no quise rodeos.
—¿Qué sabe usted de Alejandro?
Diego apretó ligeramente la taza entre las manos.
Pasó un largo momento antes de que hablara.
—No quería meterme en su vida. Me repetí muchas veces que debía quedarme callado. Pero cuando la vi con ese vestido de novia, de pie al lado de él… no pude seguir ignorándolo.
Tragué saliva.
—¿Por qué?
Diego levantó la vista y me miró directamente.
—Porque él tuvo una relación con mi hermana.
Aquellas palabras me dejaron rígida.
al hombre de la imagen: Alejandro.