El primer grito cortó el aire quieto del mediodía como si alguien hubiera disparado un rifle en plena calle. Eli Mercer se detuvo a mitad del paso, con una bisagra rota del corral todavía rondándole la cabeza y el camino hacia la herrería a medio andar. El segundo grito llegó más débil, ahogado, como si una mano cruel hubiera querido apagarlo antes de tiempo. Y en ese sonido hubo algo que le apretó el pecho. No era sólo miedo. Era humillación. Era el sonido de alguien siendo quebrado en público para entretenimiento de otros.
Giró hacia el callejón angosto entre el establo y la tienda de forraje, donde la sombra parecía más espesa por el calor. Había gente reunida allí: mujeres con faldas desteñidas por el polvo, hombres plantados un poco más atrás, lo bastante lejos como para fingir que no participaban y lo bastante cerca como para no perderse nada. El aire olía a sudor, tierra caliente y esa curiosidad sucia que aparece cuando la desgracia ajena se vuelve espectáculo.
Eli empujó un hombro, apartó dos cuerpos, avanzó sin pedir permiso. Entonces la vio.
La muchacha estaba sentada en un taburete tosco, flaca como alambre de cerca, con la cara manchada de negro como si la hubieran arrastrado por hollín y ceniza. Tenía un mechón de cabello cobrizo entre los dedos temblorosos, pero no podía protegerlo. Un hombre la sujetaba por detrás con una mano clavada en su brazo, mientras con la otra se apoyaba con demasiada calma en la cadera, como si aquello fuera una tarea doméstica. Delante de ella, una mujer de hombros anchos y mirada dura levantaba unas tijeras grandes. Las hojas brillaron al sol y bajaron sobre el cabello de la joven. Un mechón cayó al suelo. Luego otro. Y otro más.
—Vergüenza de mujer. Inútil. Maldita carga —escupía la mayor, levantando la voz para que todos la oyeran.
La joven no lloraba. Eso fue lo que más le dolió a Eli. No porque fuera fuerte, sino porque parecía haber aprendido que llorar no cambiaba nada. Miraba un punto fijo en la tierra, como si al alzar los ojos el mundo pudiera volverse todavía más cruel.
Eli no pensó. No calculó. No preguntó de quién era el asunto.
Avanzó un paso más, y luego otro, hasta que su sombra cubrió el borde del taburete.
—Ella viene conmigo.
No habló alto. No le hizo falta. Su voz salió lenta, firme, con ese tono de tormenta lejana que no grita, pero avisa. Las tijeras se quedaron suspendidas en el aire. La mujer alzó la cara con expresión de veneno viejo. Un murmullo recorrió la rueda de curiosos. El hombre que sujetaba a la joven apretó más fuerte, enderezándose como si recién entonces entendiera que estaba siendo desafiado.
—No es asunto suyo —dijo, con la mano rozando la culata del revólver.
Eli ni siquiera lo miró primero. Miró a la muchacha.
—Ponte de pie —le dijo, como si no existiera nadie más alrededor.
Ella tardó un segundo en reaccionar. Luego levantó la vista. Tenía los ojos de alguien que había sido herida demasiadas veces para creer en la suavidad de una voz. Aun así, en ellos brilló algo parecido a una pregunta. O a una última posibilidad.
El hombre se movió apenas, y ese gesto fue suficiente. Eli cerró la distancia en tres pasos. Apoyó la mano en su hombro. No con violencia, no todavía, pero con el peso exacto de un hombre acostumbrado a dominar bestias más grandes que él. El sujeto vaciló.
—He dicho que viene conmigo.
La mujer soltó una carcajada seca y arrojó las tijeras dentro de un balde, donde chocaron con un sonido áspero.
—¿Usted cree que puede llevársela así como así? Se casó con mi hijo. Es de esta familia. Nos pertenece.
Eli dejó que el silencio le contestara primero. Luego se quitó el pañuelo del cuello, gastado por el sol y los años, y lo puso con cuidado sobre los hombros de la joven para cubrirle la costura rota del vestido, justo donde la tela se había abierto junto a la clavícula.
—Ya no.
Fue un gesto pequeño, pero todo cambió con él. No había levantado una pistola, no había dado un golpe, no había amenazado. Sin embargo, esa simple tela sobre
sus hombros devolvió a la muchacha algo que le estaban arrancando delante de todos: dignidad.
Ella se puso de pie despacio, con las piernas temblándole como si no recordaran cómo sostenerla. Eli se quedó lo bastante cerca para sujetarla si caía, pero sin tocarla más de lo necesario. La multitud se abrió poco a poco. No por respeto. Más bien por esa mezcla de miedo y desconcierto que despierta un hombre cuando decide hacer lo correcto sin pedir permiso.
Salieron a la calle bañada de sol. El calor cayó sobre ellos como una plancha ardiente. Los susurros siguieron detrás: insultos, amenazas, conjeturas. Eli no se volvió. La llevó hasta su caballo, atado frente al almacén. La yegua giró la cabeza, inquieta, como si también sintiera la tensión del aire.
La joven se quedó inmóvil frente al estribo. La montura parecía demasiado alta. El salto, demasiado grande. Eli no le preguntó nada. La tomó con cuidado por la cintura y la alzó como si no pesara más que un saco de harina. Ella se tensó entera, rígida, pero no luchó. Él montó detrás, tomó las riendas y puso al caballo al paso.
Nadie habló mientras dejaban atrás el pueblo.
El ruido de la herrería, los carros, los perros y las voces fue apagándose hasta quedar sólo el rumor del viento entre la salvia y el sonido constante de los cascos sobre la tierra. La muchacha llevaba las manos apretadas sobre el regazo. Un mechón desigual le rozaba la mejilla. Respiraba como quien espera que algo terrible ocurra en cualquier momento.
Eli no la apuró con preguntas. Sabía que hay dolores que se desmoronan si uno los obliga a tener palabras antes de tiempo.
Llevaban casi una hora cuando, al cruzar un cauce seco, ella se tensó otra vez. Eli alzó la vista hacia la loma. A lo lejos, recortados contra la luz dorada de la tarde, aparecieron tres jinetes. Estaban demasiado lejos para ver sus rostros, pero no lo suficiente para ignorarlos. Permanecían quietos, como si sólo quisieran recordarles que la historia no había terminado.
Eli apretó las riendas con fuerza. Ella no dijo nada, pero él sintió el miedo de nuevo en su espalda, duro, recto, helado.
Siguieron adelante sin mirar atrás.
Cuando por fin coronaron la última subida, la cabaña apareció ante ellos: tablas envejecidas por el sol, un porche inclinado, humo tenue saliendo del tubo de la estufa. Más allá, el pastizal caía hacia un molino de viento que crujía despacio. Dos reses alzaron la cabeza, masticaron con calma y siguieron con lo suyo.
—Nos quedamos aquí —dijo Eli.
Fue la primera frase que pronunciaba en mucho rato.
Ella asintió apenas. Cuando se detuvieron junto al porche, él desmontó y la ayudó a bajar. Sus botas tocaron la madera con un golpe sordo. Eli señaló el banco junto a la puerta.
—Siéntate. Voy a traerte agua…
Parte 2…
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