NADIE LO VIO VENIR. FRENTE A MILES DE PERSONAS Y MILLONES VIENDO POR TELEVISIÓN, EL ORGULLO DE TODO UN PAÍS IBA A DEPENDER DE UN SOLO MOMENTO, UN SOLO SALTO, UN SOLO SEGUNDO EN EL AIRE.
Las alemanas acababan de terminar su rutina.
Perfecta.
Impecable.
Cada movimiento parecía calculado con precisión matemática. Los giros eran exactos, las transiciones suaves como si el tiempo se hubiera doblado para obedecerlas. No había vacilaciones, no había errores, ni siquiera una respiración fuera de lugar.
Cuando terminaron, el público explotó en aplausos.
El marcador electrónico iluminó el recinto.
Una puntuación altísima.
Prácticamente imposible de superar.
Ellas sonreían con la seguridad de quien ya se siente campeona. Se abrazaban, tranquilas, convencidas de que habían hecho lo necesario para cerrar la competencia.
Los comentaristas repetían lo mismo una y otra vez.
—Esto es casi imposible de superar.
—Una rutina histórica.
—México tendrá que hacer algo extraordinario si quiere siquiera acercarse.
Pero detrás del telón… las mexicanas escuchaban cada palabra.
Y en sus ojos no había miedo.
Había algo mucho más peligroso.
Determinación.
La capitana del equipo, Sofía, respiró profundamente mientras ajustaba las cintas de sus zapatillas. Había esperado ese momento desde que tenía siete años.
Siete.
La edad en que comenzó a viajar dos horas en camión para llegar al gimnasio más cercano.
Dos horas de ida.
Dos de regreso.
Todos los días.
Su madre limpiaba casas para pagar las clases. Muchas veces no alcanzaba ni para el pasaje de vuelta.
Así que caminaban.
Madre e hija.
Bajo el sol.
Bajo la lluvia.
Bajo el cansancio.
Pero nunca dejaron de ir.
A unos metros estaba Daniela, la más joven del equipo.
Diecinueve años.
Y una mirada tan intensa que intimidaba incluso a las veteranas.
En su casa siempre le dijeron lo mismo.
—El deporte no da de comer.
—Deja de perder el tiempo.
Pero Daniela no pudo dejar de soñar.
Entrenaba a escondidas.
Salía por las noches, inventaba excusas, mentía sobre dónde estaba.
Todo por esos minutos en los que su cuerpo volaba sobre la pista y el mundo desaparecía.
Y luego estaba Mónica.
Treinta y dos años.
Una edad donde muchas gimnastas ya habían colgado los zapatos.
Pero Mónica seguía ahí.
Porque años atrás, en su primera oportunidad en un campeonato mundial, había cometido un error.
Un pequeño resbalón.
Un segundo de distracción.
Y ese error la había perseguido durante años como una sombra.
Pero ahora tenía otra oportunidad.
Una última.
El entrenador del equipo se acercó a ellas.
—Chicas… —dijo en voz baja—. No piensen en el marcador.
Sofía levantó la cabeza.
—No vinimos hasta aquí para pensar en números.
Las tres se miraron.
No tenían patrocinadores millonarios.
No tenían gimnasios de última generación.
No tenían la maquinaria deportiva de potencias como Alemania o Estados Unidos.
Pero tenían algo que nadie podía medir.
Hambre.
El presentador anunció por los altavoces:
—¡Equipo de México, a la pista!
El público murmuró.
Algunas personas aplaudieron con cortesía.
Otros simplemente esperaban que la competencia terminara.
Las chicas caminaron hacia la pista.
Las luces del estadio cayeron sobre ellas.
El silencio se hizo pesado.
Sofía cerró los ojos un segundo.
Recordó los viajes en autobús.
Las caminatas con su madre.
Los años de entrenamiento.
Daniela apretó los puños.
Mónica respiró hondo.
La música comenzó.
El primer movimiento fue perfecto.
El segundo también.
El tercero… aún mejor.
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