Dicen que el amor es ciego. Pero, en mi caso, el amor fue sordo, mudo y estúpido.
Soy camionero. Un hombre sencillo, de manos grandes y espalda curtida por los años de carretera. Me enamoré de Lorena, una chica de “buena familia” venida a menos, que siempre me hizo sentir que casarse conmigo era casi un acto de caridad. Su familia, los Linares, nunca me aceptó del todo. Para ellos yo era “el chofer”, el rústico que ponía el dinero para que pudieran seguir aparentando un estatus que habían perdido hacía años.
El patriarca, don Ernesto, siempre me miró por encima del hombro.
—Eres un buen muchacho, Javier —me decía con esa sonrisita falsa—. Lástima que no tengas apellido.
Hace seis meses, los riñones de don Ernesto fallaron. Insuficiencia renal terminal. Necesitaba un trasplante urgente o moriría. Toda la familia se hizo las pruebas: sus hijos, su esposa. Ninguno era compatible.
Por insistencia de Lorena, me hice la prueba yo.
—Hazlo por mí, Javi —me rogó con lágrimas en los ojos—. Si salvas a mi papá, por fin te van a ver como el héroe que eres. Por fin serás uno de nosotros.
Resulté compatible.
La noticia se celebró como si hubiéramos ganado el mundial. De pronto, don Ernesto me abrazaba. Mi suegra me preparaba mis platillos favoritos. Lorena estaba más cariñosa que nunca. Por primera vez, me sentí parte de la familia.
La cirugía se programó para el martes pasado.
Yo estaba muerto de miedo. Nunca me habían operado. Pero el amor por mi esposa y el deseo de ganarme mi lugar me daban valor.
Me ingresaron temprano. Me pusieron la bata, me canalizaron y me dejaron en el área de preparación preoperatoria, un cubículo separado solo por cortinas de tela delgada.
Lorena entró, me besó la frente y me tomó la mano.
—Eres mi ángel, Javi. Te amo. Voy a estar afuera rezando. Todo va a salir bien.
Salió del cubículo. Cerré los ojos, intentando relajarme con el sedante suave que me acababan de poner.
Pero el sedante aún no hacía efecto cuando escuché voces al otro lado de la cortina. Eran Lorena y su madre. Pensaron que yo ya estaba dormido o que me habían llevado a quirófano.
—Ay, hija, qué nervios —susurraba mi suegra—. Ojalá el riñón prenda bien. Tu papá no aguanta otra diálisis.
—Va a prender, mamá. Javier es fuerte como un toro. Es lo único bueno que tiene: su salud de animal de carga.
Abrí los ojos. El corazón me empezó a latir tan fuerte que el monitor cardíaco comenzó a pitar más rápido.
—¿Ya tienes los papeles listos? —preguntó la madre.
—Sí, mamá. El abogado ya redactó la demanda de divorcio. En cuanto papá esté estable y Javier se recupere de la cirugía, se la presento. No puedo seguir con él. Me da asco. Sus manos callosas, su olor a diésel… guácala. Solo aguanté este último año porque el doctor dijo que era nuestra mejor opción de donante.
—Hiciste bien, mijita. Un sacrificio necesario. Obtuvimos el riñón. Ahora que se vaya con su cicatriz a manejar sus camiones. Ya tenemos visto a Mauricio, el hijo del notario. Ese sí es de nuestra clase.
—Sí. Pero shhh… que no nos escuchen las enfermeras. Primero el riñón, luego la patada.
Sentí que el mundo se me venía encima. No era un héroe. Era un refaccionario. Un cerdo al que engordaron para el matadero.
Quería incorporarme de un salto, arrancarme todos esos cables enredados que parecían apretar mi cuerpo y absorber poco a poco mi fuerza vital. La anestesia empezaba a hacer efecto, pero me sentía más lúcido que nunca.
En ese momento entraron el anestesiólogo y el cirujano jefe, revisando mi expediente.
—Bien, Javier. Vamos a llevarte a quirófano. ¿Listo para salvar una vida?
Me senté en la camilla y me arranqué los sensores del pecho. El monitor lanzó una alarma continua.
—No.
Mi voz sonó ronca, pero firme.
Lorena, al escuchar la alarma, entró corriendo, fingiendo preocupación.
—¡Mi amor! ¿Qué pasa? ¿Te sientes mal?
La miré fijamente, viendo por primera vez la frialdad detrás de esos ojos verdes que tanto había adorado.
—Doctor —dije, ignorándola—, retiro mi consentimiento.
El silencio fue absoluto.
—¿Qué? —preguntó el cirujano—. Javier, ya estamos listos. Don Ernesto está anestesiado en la sala de al lado.
—¡Javier, no digas estupideces! —gritó Lorena, perdiendo el papel de esposa dulce—. ¡Es el nerviosismo! ¡Pónganle la anestesia ya!
—No me toque —le advertí al enfermero—. La ley dice que puedo retirar mi consentimiento en cualquier momento antes de la incisión. Y lo retiro.
—¡Mi papá se muere! —chilló Lorena, agarrándome de la bata—. ¡Eres un asesino!
Me bajé de la camilla, mareado por el sedante leve, sostenido solo por la rabia.
—Y tú me prometiste amor eterno, Lorena. Pero acabo de escuchar que soy un “animal de carga” que te da asco. Y que tienes los papeles del divorcio listos para cuando te diera mi riñón.
Lorena se puso blanca. Su madre se llevó las manos a la boca.
—Así que vamos a adelantar el trámite —continué, quitándome la vía del brazo—. Divorciémonos hoy. Pero mi riñón se viene conmigo. Que se lo pida a Mauricio.
Mi suegra se arrodilló, llorando.
—¡Era una broma! ¡Estábamos nerviosas!
—Planear usar a una persona y desecharla no es una broma —respondí—. Eso es más sucio que cualquier grasa de camión.
El médico intervino con voz firme.
—El paciente ha retirado su consentimiento. El procedimiento queda cancelado.
Me vestí mientras escuchaba los gritos histéricos de Lorena en el pasillo.
Salí del hospital. El sol me dio en la cara. Nunca el aire había sido tan puro.
Don Ernesto murió dos días después. No encontraron otro donante a tiempo.
Lorena intentó demandarme. El juez se rio cuando mi abogado presentó el testimonio de las enfermeras.
Hoy estoy divorciado. Sigo manejando mi camión. Tengo las manos callosas, mis dos riñones y la dignidad intacta.
Nunca más permitiré que nadie me trate como un repuesto.