Su esposa moría y vendió su única vaca para comprar medicina. Pero lo que encontró bajo el establo cambió todo para siempre.
El sol se ocultaba cuando Tomás entró donde Clara descansaba. La fiebre la consumía desde hacía tres semanas. Sus labios agrietados, su piel ardiente como brasas y su respiración cibilante llenaban la habitación de angustia.
Clara, “Resiste”, susurró arrodillándose. “mañana conseguiré la medicina.” Ella apenas abrió los ojos hundidos. “Tomás, no gastes lo poco que tenemos. Ya es tarde. Cuida de Sofía.” No, vas a sanar. Lo prometo. Salió y la realidad lo aplastó. No tenían dinero. Habían vendido todo, muebles, herramientas, hasta el anillo de bodas.
Solo quedaba lucero, su única vaca lechera. Sin ella vendría el hambre, pero sin medicina Clara moriría en días. Caminó al establo. La vaca lo miró con ojos confiados. Rozó su hocico húmedo contra su mano buscando caricias. Tomás acarició su lomo cálido con manos temblorosas. Perdóname, amiga, murmuró con voz rota.
Pero tengo que elegir y ella es mi vida entera. Esa noche no durmió. Se quedó sentado frente al fuego, apagado, escuchando el silencio pesado. Solo se oía el reloj y la respiración irregular de Clara. sabía que estaba sacrificando su único sustento. Al amanecer tomó la cuerda de lucero y comenzó el camino al pueblo.
El mercado bullía con ruido y polvo. Era día de feria. Tomás caminaba con lucero entre vendedores que gritaban precios. Su rostro demacrado delataba las noches sin dormir. Varios hombres rodearon la vaca, la tocaban sin permiso, revisaban sus dientes, palpaban sus costillas. “Es vieja”, dijo uno escupiendo. “Está flaca, 10 monedas.
” 10 era un insulto. Lucero valía 40. Pero estos hombres solían su desesperación. Necesito 30″, rogó mi esposa se muere. Los compradores rieron entre ellos. Un hombre gordo con sonrisa cruel se abrió paso. Era conocido como el peor comerciante del pueblo. “20 monedas”, dijo. Última oferta. Si no aceptas, ve como tu esposa muere esta noche.
Las palabras fueron puñaladas. Tomás cerró los ojos. 20. No alcanzaba, pero algo era mejor que nada. Acepto. El hombre contó las monedas lentamente, disfrutando su humillación. Las arrojó sobre su mano con desprecio. Tomás soltó la cuerda. Lucero lo miró sin entender. “Perdóname”, susurró con lágrimas. Se alejó. El sonido de los cascos alejándose le quebró el corazón.
La botica olía a hierbas secas. Don Esteban, el boticario [música] de lentes redondos, revisaba frascos. “Necesito medicina para fiebre alta”, dijo Tomás poniendo las 20 monedas. Es urgente. Don Esteban las contó y negó con la cabeza. No es suficiente. La medicina cuesta 30. Es importada de la capital. El mundo se derrumbó.
Por favor, vendí mi única vaca. Es todo lo que tengo. Mi esposa agoniza. Lo siento, yo también tengo familia. Sacó un frasco diminuto del tamaño de un pulgar. Con esto aliviará el dolor. No la curará, pero descansará. Tomás miró el frasco. Cabía en su puño. Había sacrificado su futuro. Por eso. Lo tomó con manos temblorosas y salió. Afuera.
El sol brillaba indiferente. Se dejó caer contra una pared. Dios mío, lloró, ¿por qué me abandonas? Trabajé [música] honestamente, amé bien y ahora me quitas todo. Solo el silencio respondió. Un silencio que pesaba como piedras. Se limpió las lágrimas. Clara lo esperaba. Llegó cuando ya era de noche.
Su hija Sofía, de 12 años estaba junto a Clara llorando en silencio. Papá, mamá está peor. Tiene frío y tiembla. Clara estaba cubierta con todas las mantas, pero temblaba violentamente. Sus labios estaban azules. Traje medicina, mi amor. Pertió