En la madrugada del 6 de julio de 1988, mientras los mexicanos esperaban los resultados de la elección presidencial más reñida en décadas, ocurrió algo que nadie que lo vivió ha podido olvidar. Los conteos preliminares mostraban que Cuautemoc Cárdenas, el candidato opositor, iba ganando. Era algo sin precedente en la historia del sistema político mexicano.
El Partido Revolucionario Institucional, el PRI, llevaba 60 años gobernando México sin haber perdido nunca una elección presidencial. Y esa noche, por primera vez, los números en el tablero apuntaban a que podía perder y entonces el sistema de cómputo electoral se cayó. Así, sin más explicación, las pantallas se quedaron en negro.
Los técnicos dijeron que había habido una falla y cuando el sistema volvió, horas después, Carlos Salinas de Gortari era el ganador, el candidato oficial del PRI, el hombre que el sistema había elegido para continuar el sistema. Esas tres palabras se cayó el sistema se convirtieron esa noche en algo más que la descripción de una falla técnica.
Se convirtieron en el símbolo de todo lo que México llevaba décadas tragando sin poder escupirlo. La mentira institucionalizada, el fraude convertido en procedimiento, la democracia como escenografía de un poder que nunca había necesitado los votos reales porque siempre había sabido cómo fabricar los votos necesarios.
Pero lo que hizo especialmente devastadora la historia de Carlos Salinas no fue ese fraude electoral, aunque fue el mayor de la historia moderna del país. Fue lo que vino después, porque Salinas no usó el poder que había robado para hacer lo que hacen los líderes que llegan al poder a través del fraude. Quedarse quieto, mantener el estatu cuo, sobrevivir.
Salinas usó ese poder para construir una de las narrativas más seductoras y más devastadoras de la historia de América Latina. Le prometió a México el primer mundo y México se lo creyó. Esta es la historia de cómo esa promesa se construyó, de cómo se deshizo y de cómo el hombre que la hizo terminó comiendo en un cuarto de Monterrey, en lo que él llamó una huelga de hambre y que todo México vio por televisión como el espectáculo más patético de su historia política reciente antes de huir del país que había prometido llevar al
primer mundo, dejándolo en la peor crisis de su historia moderna. Para entender a Carlos Salinas, hay que entender primero el sistema que lo produjo. El PRI no era un partido político en el sentido en que ese término se usa en las democracias liberales. Era algo más parecido a un estado paralelo, a una estructura de poder que durante 60 años había gobernado México sin necesitar legitimidad electoral porque tenía todos los demás instrumentos de control que hacen que el poder se mantenga.
control de los medios de comunicación, el control del sistema judicial, el control del ejército, el control de los sindicatos y de las organizaciones campesinas y sobre todo el control del aparato de distribución de recursos públicos que en un país con las desigualdades de México era la herramienta más poderosa de todas.
También fue condenado por enriquecimiento ilícito en relación con las cuentas suizas. La saga judicial de Raúl se extendió durante décadas, reflejando la dificultad que el sistema judicial mexicano tenía para procesar a alguien que había operado en el núcleo del poder del sistema, que ese mismo aparato judicial integraba.
Y mientras todo eso se desarrollaba, la economía mexicana se hundía. El llamado error de diciembre es uno de esos episodios de la historia económica moderna que tienen nombre propio precisamente porque las consecuencias para la gente ordinaria fueron tan devastadoras que la distancia entre el nombre técnico del evento y la realidad vivida por millones de personas resulta perturbadora.
El peso mexicano había estado artificialmente sostenido durante los años del salinismo a través de una política de tipo de cambio fijo que no correspondía a los fundamentos reales de la economía. Esa sobrevaluación atraía capitales externos que llegaban a México buscando los altos rendimientos que la combinación de tasas de interés y tipo de cambio fijo hacía posibles.
El problema era que esos capitales no estaban financiando la inversión productiva, estaban financiando consumo e importaciones. En los últimos meses del gobierno de Salinas, cuando las reservas internacionales caían y el mercado anticipa que el tipo de cambio era insostenible, el gobierno emitió volúmenes masivos de tesobonos, instrumentos de deuda indexados al dólar que trasladaban el riesgo cambiario del inversor al gobierno mexicano.
Cuando Cedillo tomó posesión, México tenía vencimientos de tesobonos que superaban las reservas internacionales del país. Era una situación de insolvencia técnica que hacía matemáticamente inevitable la devaluación. La decisión de crear esa situación la tomó el gobierno de Salinas. La factura la pagó Cedillo y con él los mexicanos ordinarios.
Cuando Cedillo dejó flotar el peso en diciembre de 1994, la moneda se devaluó en más del 50% en cuestión de días. Para los millones de mexicanos que tenían deudas en dólares o que habían tomado créditos hipotecarios a tasas variables que se dispararon con la crisis, el impacto fue inmediato y devastador. Las casas que habían comprado con crédito hipotecario, los negocios que habían financiado con préstamos bancarios, los ahorros acumulados durante años, todo eso se evaporó en el espacio de unas semanas.
El rescate de la economía mexicana requirió la intervención de la administración Clinton con un paquete de 50,000 millones de dólares. El mayor rescate financiero de un país en la historia del FMI hasta ese momento. Ese rescate tuvo condiciones, ajustes de austeridad que profundizaron la recesión y extendieron su duración.