Hay colonias que clasifico en la categoría de ‘toda la vida’ porque he crecido con ellas y, a día de hoy, las seguimos utilizando en casa. No son las que tengo en la cómoda de mi habitación, como Halloween Blue Drop o Agua Fresca de Rosas, son las colonias que se ponen en los baños, sin pulverizadores y que se venden en formato grande, de 750 ml. Cuando era pequeña, antes de ir al colegio, mi madre me peinaba con una coleta tirante, pulida hasta el último mechón —lo que hoy llamaríamos ‘clean look’ en toda regla— y acto seguido, cogía el bote de colonia del baño, se ponía una buena cantidad en las manos y me la ponía en el pelo, como toque final, y también por toda la ropa. A finales de los ochenta, nadie hablaba de que las colonias resecan el cabello o de que el tejido de la ropa se podía estropear si la ‘bañabas’ en colonia. Era la colonia de todos; también la usaba mi ella, mi padre y mi hermano.
Cuatro décadas después y, aunque me prometí que nunca haría esas coletas tirantes a mi hija ni le echaría medio bote de colonia antes de ir al colegio, reconozco que muchos días repito el gesto de mi madre, aunque no en el pelo. De todas las colonias con olor a limpio que había en el baño de mis padres, Heno de Pravia, Gotas de Oro y Álvarez Gómez eran, y siguen siendo, mis favoritas: su aroma aguanta todo el día y su precio, como entonces, es muy económico: van de los 4 a los 7 euros.